Aventura nº...

AVENTURA Nº 2: RUTA DE LOS CABOS 2012

domingo, 30 de octubre de 2011

DÍA 30: ULÁN BATOR - ELCHE/VALENCIA

21 de agosto de 2011


8.240 km de vuelo


Nunca confiéis en que podáis cambiar de vuelo en escalas cortas, sobre todo si dependéis de aerolíneas desconocidas. Y es que casi ha sido más difícil volver, que llegar a Ulán Bator.

La noche en el auropuerto internacional Gengis Khan ha sido bastante tranquila. Era como un gran albergue de coreanos con sus carros cargados de maletones, con las luces medio apagadas hasta hora y media antes de que saliera el vuelo.

En cuanto abrieron la terminal internacional nos pusimos a hacer cola y tras no saber qué estaba pasando con el tema de a quién dejaban pasar en cada momento a facturar, conseguimos adelantar a los coreanos, que según parece llevaban más de un vuelo perdido.

Todo lo que nos habían contado de los problemas para facturar y los registros y papeleos de salida ha resultado excesivo. No hemos tenido que hacer ningún papeleo extraordinario ni nos ha tocado esperar a que nadie comprobara nada. Ha sido todo de lo más normal y rápido, por lo que hemos hecho rápidamente el control de pasaportes y hemos accedido a la terminal, donde hemos desayunado de gratis en la sala VIP gracias a llevar billetes de primera clase.

Para salir, nos hemos retrasado unos tres cuartos de hora, además de porque habían dos o tres vuelos programados a las 7:30, porque a las 8:00 seguían entrando pasajeros al avión, con toda calma, sin prisas. Malos augurios teniendo en cuenta que en Berlín sólo teníamos 70 minutos de escala. ¿Recuperaríamos tiempo durante el vuelo?

Yo he dormido gran parte del vuelo (y nos han dado de comer dos veces en las 8 horas que duraba), y el traqueteo del avión por las turbulencias me hacía revivir en sueños las pistas de Mongolia; por lo que he soñado que el avión iba por tierra cogiendo los mismos baches que hemos sufrido los días anteriores.

No creo que haya sido por el mal estado del camino, pero no hemos recuperado el tiempo, así que mientras descendíamos hacia el aeropuerto de Berlín ya sabíamos que perderíamos el vuelo a Palma de Mallorca. No se podía hacer nada desde allí arriba, así que lo único que podíamos hacer era consolarnos contemplando por la ventanilla un paisaje europeo, con carreteras, zonas comerciales, prados y casas de campo, áreas industriales, pueblos diseminados aquí y allá, todo en orden, limpio y con aspecto de estar bien hecho (Alemania...): tras tantos días de estepas, montañas o urbanismo incontrolado, descender hacia el aeropuerto de Berlín era como estar ya en casa. Muy curioso, nos quedaban horas y casi más de 1.000 km para llegar a casa, pero yo tenía la sensación de haber llegado ya. Incluso me planteé la posibilidad de que si no había vuelo, podíamos alquilar un coche (apenas eran las 10 de la mañana en Europa Occidental).

Una vez que la jardinera nos ha llevado hasta la terminal hemos corrido por el aeropuerto de terminal en terminal, con la esperanza de que los alemanes no hubieran sido eficientes y puntuales. Pero aunque en las pantallas aún figuraba el vuelo a Palma, pasaban unos 15 minutos de la salida del mismo y nos han dicho que ya se había ido. Así que a buscar vuelo. No tenía que ser muy difícil encontrar combinación un domingo de agosto entre Berlín y Alicante, o cualquier otro aeropuerto de España. Pero sí que lo ha sido, tanto que nosotros no la hemos encontrado, sino que ha tenido que ser Jero desde España.

Tras ver que desde Air Berlin no nos solucionaban nada porque todos sus vuelos directos estaban completos, que no se podía localizar a nadie de Mongolian Airlines en el aeropuerto, y que la única solución nos la daban desde Iberia (nos enviaron allí desde un mostrador de Air Berlin, y luego la chica de Iberia nos ofrecía vuelo a Madrid pero vendiéndonos los billetes a través de Air Berlin para que nos saliera más barato...), llegando a Madrid a las 11 de la noche; hemos desplegado contactos telefónicos hasta que Jero nos ha encontrado una combinación al Altet vía Düsseldorf.

Además, ese vuelo salía casi inmediatamente, por lo que la gestión de intentar recuperar las maletas se ha limitado en decir en “Reclamación de equipajes” que dejaran que los nuestros siguieran hacia Palma de Mallorca en el siguiente vuelo (incluso quizá estaban volando ya). En Palma, donde supuestamente debíamos facturar de nuevo, sería donde aparecerían nuestras maletas sin nadie que las reclamara. Y deberíamos pedirlas en el Altet para que nos las llevaran allí desde Palma, porque si las reclamábamos en Berlín, volverían allí desde Mallorca, y luego desde Alemania a Elche. Por si acaso, lo único de valor que llevaba en la maleta, además de ropa sucia, era el cargador de la cámara de fotos y un vestido para Irene.

El resto del día ha ido más o menos rápido saltando de nuevo de avión en avión. En Düsseldorf hemos comido algo y hemos tenido que esperar una hora más porque parece que nuestro vuelo lo han desdoblado en dos, y al final hemos llegado al aeropuerto de El Altet a las 8 de la tarde (cuatro horas después de lo previsto inicialmente). Allí hemos reclamado nuestro equipaje y hemos salido triunfales y cansados a la zona de llegadas, donde nos esperaban amigos y familiares.

Ni siquiera hemos tenido tiempo de emocionarnos. Ayer en Ulán Bator, mañana trabajando, y yo aún tenía que coger el coche y conducir dos horas más hasta Valencia. Y es lo que he hecho. Tras despedirnos de Pau, de mi padre y su mujer y del resto de amigos que habían venido al aeropuerto, Nuria y yo hemos ido con su madre y su hermano a su campo, donde estaba mi coche. Eran las 9 de la noche

Se me han hecho raros esos 180 kilómetros yo solo en mi coche: gasolina y muy bajo, en oposición al diésel y altura de Merceditas, siempre acompañado de Nuria y Pau.

180 km no son nada para hacerlos en menos de dos horas (5 nos podía costar en Mongolia...), así que a las 11 de la noche he llegado a casa, y a las 12 en la cama.

Mañana es lunes.

Mañana hay que trabajar.

miércoles, 26 de octubre de 2011

DÍA 29: ULÁN BATOR

20 de agosto de 2011



Extraña sensación de euforia y tristeza.

Lo hemos conseguido, hemos recorrido casi 15.000 km entre Elche y Ulán Bator cruzando o visitando dos continentes (y un Carrefour), cuatro mares, cinco cordilleras, tres desiertos, nueve capitales y grandes ciudades, incontables ríos y la Ruta de la Seda. Todo para traer hasta la capital de Mongolia una ambulancia. Hemos sido capaces de realizar un viaje que meses atrás se nos antojaba como un sueño imposible por lo lejano. Y sin embargo aquí estamos nuestros nulos conocimientos de mecánica, nuestra buena voluntad y nosotros.

Pero esa euforia también tiene su parte de tristeza, la emoción de despedirnos de nuestra compañera Merceditas y de finalizar esta aventura. Ayer estábamos atravesando zonas desoladas en mitad de la nada, hoy en una ciudad extraña lejana e isla en medio de su país, mañana domingo estaremos en casa y el lunes trabajando como si nada hubiera pasado.

Esta mañana, tras el pequeño bajón de anoche al comprobar que el tema de los billetes de vuelta estaba complicado, las cosas han ido mejorando. Antes de ir a la agencia de viajes hemos desayunado en una panadería-cafetería (sí, con bebidas frías y tartas calientes) aseada y con aspecto de franquicia (más adelante comentaré la impresión que nos ha dado Ulán Bator) en la principal avenida de la ciudad, donde además de los nativos se ven bastantes foráneos (prácticamente los únicos clientes que estaban desayunando eran extranjeros como nosotros). Después hemos conseguido billetes de vuelta en una agencia de viajes al lado mismo de la panadería.

Tras un par de intentos en el que la muchacha que nos ha atendido (son guapísimas, por cierto) no encontraba vuelos aceptablemente baratos a Madrid, Valencia, Barcelona o Alicante, le he explicado la combinación que encontré anoche por internet: dos vuelos por separado, el primero desde Ulán Bator a Berlín y el segundo desde Alemania a Alicante. ¡Y bingo! Por 700 € hemos encontrado vuelo para mañana a las 7:30, llegando a Alicante a las 16:00, siendo el primer vuelo en primera clase de Mongolian Airlines (los otros dos, con escala en Palma, son con Air Belin). La única pega es que en Berlín tenemos una hora y diez minutos de escala, así que hemos de confiar en la puntualidad de Mongolian Airlines.

¡Tenemos billetes de vuelta!

Después hemos tenido tiempo para despedirnos definitivamente de la ambulancia sacando todo aquello que nos llevamos de vuelta (que es poco) y dando las llaves a la organización. Ya no podremos volver a subir a la que ha sido nuestra casa durante cuatro semanas. Aunque más tarde volveríamos para llevarnos el material médico y escolar al orfanato de la fundación para los niños de Christina Noble (la Christina Noble Children Foundation).

La despedida de Merceditas.

Antes de comer también hemos ido al orfanato de la Fundación Christina Children tras concertar la visita con dos voluntarias de la organización que están en la línea de meta. Hemos ido para allá con la gerente y el campeón nacional de taekwondo (al estilo de Corea del Norte, que parece que cada país tiene su propia modalidad de taekwondo, según nos ha contado), que da clases en el orfanato.

Una vez allí, un mar de calma, limpieza y orden, un jardín en medio de un barrio paupérrimo, nos han enseñado las instalaciones junto con la enfermera. Los chavales, recogidos casi todos de la calle (aunque algunos con padres reconocidos que no se pueden hacer cargo de ellos), algunos de ellos incluso delincuentes infantiles cuando los acogieron; viven en régimen de internado. Tienen escuela, guardería, comedor (nos ha sorprendido la limpieza y buen estado de las cocinas), aula de música, de informática, gimnasio, enfermería (donde Nuria ha explicado a la enfermera para que era el material que hemos traído) invernadero y yurtas. Los niños viven en las tiendas tradicionales, cinco en cada una de ellas, y dentro tienen su propia cocina, aparador y televisión. Los fines de semana se responsabilizan de hacerse la comida cada uno en su tienda. Se les veía tranquilos y relajados, entre indiferentes y vergonzosos también con la presencia de los extranjeros, que estos días aparecemos por allí bastante. Ninguno de ellos superaría los 12 ó 13 años, pero con todo lo que habrán vivido, se les veía responsables y serios.

El aula de informática en una yurta.

La gerente nos ha estado contando cosas de algunos de los niños y sobre Christina Noble, una irlandesa que se crió en la calle y que ha dedicado parte de su vida a ayudar a los niños más necesitados. La mujer nos lo contaba con mucho orgullo, puesto que ella misma nunca ha tenido necesidades en la vida. Sus padres eran médicos y ella vivió toda la vida en la capital, ha estudiado y trabajado en el extranjero y ha llevado una vida que nada tiene que ver con la de la gran mayoría de sus compatriotas; sin embargo una vez jubilada decidió unirse a la labor de la fundación, y por lo que nos ha contado siente una gran admiración por todo lo logrado por Christina Noble.

Nuria explica a la enfermera algunas especificaciones sobre el material que les hemos traído. Observan Pau y la gerente.

La enfermera paseando con uno de los niños.

Durante el camino de vuelta a la línea de meta, y tras lo visto, nos hemos reafirmado en nuestra convicción de que lo que hemos hecho, además de aventura personal, de unas vacaciones diferentes, ha servido para algo. Sabemos que el poco dinero que hemos conseguido recaudar ha servido para algo bueno y que el destino de la ambulancia seguramente será igual de bueno (aunque también es cierto que por la noche hubo un pequeño saqueo de material que llevábamos por parte de alguien que tuvo acceso a las llaves, para gran disgusto y pesadumbre de las voluntarias de la fundación).

No salvaremos el mundo, pero ponemos nuestro grano de arena para que otros no lo pasen tan mal.

Después de comer hemos visitado el State Deparment, los grandes almacenes de Ulán Bator (estamos al lado) para ver si comprábamos algún recuerdo. Los Blinkacepas nos habían dicho que en la última tienda estaba la tienda de souvenirs; pero la verdad es que no había gran cosa, era como un bazar chino pero más caro, con predominio de lo hortera. Quizá hubiéramos ganado yendo al centro de la ciudad, visitando algún área de tiendas tradicionales, si es que la hay; pero de nuevo nos topábamos con el problema de la escasez de tiempo.

De todas formas, lo que hemos visto en los grandes almacenes y la avenida principal, junto con lo poco que adivinamos anoche en la zona de restaurantes; en contraste con lo que hemos vivido los últimos días y lo que hemos visto en los barrios de las afueras de la ciudad, camino del orfanato; nos ha servido para hacernos una idea de la tremenda desigualdad que hay en este país.

Así de surtidos se ven los grandes almacenes de Ulán Bator

Y así están algunos de sus barrios

Ulán Bator es una isla de derroche y ostentación en mitad de una gran nada. Coches de lujo, anuncios publicitarios, pantallas gigantes, gente vestida a la última, altos y guapas, haciendo gala de lo in que son como si paseáramos por el bulevar más fashion de cualquier ciudad occidental. Una especie de gran mentira completamente desvinculada del país pobre, rural y necesitado que hay pocos kilómetros más allá. Bueno, ni siquiera kilómetros, porque los barrios que rodean el centro, con un tráfico caótico, carecen de alcantarillado, compuestos en su mayoría por yurtas, con calles sin asfaltar. Dos mundos uno al lado del otro. Sin duda, y en comparación con el resto de países que hemos atravesado, Mongolia es en el que se observan mayores desigualdades en la calle, un mayor salto entre lo rural y lo urbano, estando el primero anclado en la subsistencia y el segundo presentando una bipolaridad entre el urbanismo de aluvión tercermundista e incontrolado y la élite social ajena a su entorno.

Entonces es cuando recuerdas lo que alguna vez te ha contado tu abuela hablándote de los escaparates de la capital de la provincia y de lo bien que vivía la gente rica mientras que ellos no tenían grano suficiente para tener pan todo el año (y muchas más pobrezas). No hace mucho España estaba igual.

El resto de la tarde lo hemos pasado en el bar terminando de ver la actuación de los niños del orfantao, que han venido a agradecer la labor del Rally Mongol y haciendo tiempo hasta que llegaran los Chispa de la Vida, Shere Khan, Madia Leva y Bison Team; con los que habíamos intercambiado algunos mensajes informándoles del camino que debían seguir para llegar a la línea de meta.

Mientras esperábamos, nos hemos fotografiado con los ingleses del 206, con los que hemos compartido la entrada a Ulán Bator.

Han llegado sobre las 11 de la noche, y lo primero que han hecho: echar una partida al futbolín. lo de casa tira... Y después de las fotos, abrazos, celebraciones y despedidas, hemos pedido un taxi para ir al aeropuerto.

Jaime, Ismael, Javi y Noelia, de Madia Leva y Khan, celebrando la llegada.

Hemos llegado a las 12 de la noche. Está todo apagado y hay bastante gente joven con maletas enormes (japoneses o coreanos) durmiendo en la terminal. Así que eso haremos nosotros también. Acomodarnos en las hileras de asientos y dormir unas pocas horas en un aeropuerto en semioscuridad.


Mañana llegamos a casa.

domingo, 23 de octubre de 2011

DÍA 28: BAJANKHONGOR - ULÁN BATOR

19 de agosto de 2011


1 país: Mongolia (acumulados 17)

0 túneles (acumulados 138)

614 km (acumulados 14.866 km)


¡Misión cumplida! Los últimos días parecía que iba a ser difícil de conseguir, pero finalmente hemos hecho el viaje en las cuatro semanas previstas. Estamos muy orgullosos de haber podido traer a Ulán Bator una ambulancia a través de medio mundo y a pesar de las fronteras, de los ríos y de los pinchazos. ¡Aquí estamos!

Esta mañana, tal y como habíamos previsto, nos hemos levantado antes de que saliera el sol (hacía el mismo frío que anoche: mucho) y hemos empezado nuestra última jornada.

Los primeros 200 km han sido en general bastante duros y nos han llevado casi seis horas. La velocidad media en las pistas de tierra de Mongolia ha estado entre los 30 y los 40 km/h. Es decir, hay que tomárselo con mucha paciencia y echarle horas para que no parezca que no te has movido en el mapa.

Hemos encontrado muchas zonas de obras en las que debíamos ir por los caminos laterales, y cuando podíamos transitar por la pista central, la ondulación nos echaba de nuevo hacia los caminos abiertos fuera. Y nos ha pasado de todo un poco: desde el águila que pretendía suicidarse lanzándose contra el camino justo en el momento en el que pasábamos nosotros, hasta el autobús que nos ha adelantado por una zona de pistas ramificadas y arenosas (nosotros íbamos a 60-70 km/h); pasando por la vez en la que atravesando unas colinas nos hemos ido desviando por un camino secundario y hemos subido y bajado por lugares en los que hemos visto muy de cerca la posibilidad de volcar.

También nos encontramos en una curva del camino con un tipo parado junto a una motocicleta que nos pidió que paráramos. Aunque la paranoia del viaje decía a algunos de nosotros que no le hiciésemos caso, he parado a ver si necesitaba algo. Tras gesticular mucho y señalar al cuadro de mandos de la ambulancia, le he dejado al tipo el cuaderno y un bolígrafo para que pintara lo que quería (íbamos a jugar a las adivinanzas con el mongol). Lo que el tipo quería era luz, una linterna. Así que le hemos dado el mechero linterna que nos regalaron en Nukus (Uzbekistán) y hemos seguido adelante.

Y sin duda, una de las mayores alegrías del día, e incluso quizá del viaje, ha sido cuando por fin hemos llegado a la carretera asfaltada. Tras 1.400 km de piedras, arena, baches, golpes y atención extrema para no caer en ningún agujero o estamparnos contra una roca; por fin veíamos trabajos de asfaltado en la carretera y un primer tramo finalizado pero no abierto al tráfico. En menos de un kilómetro hemos podido incorporarnos a la carretera, y ha sido como un orgasmo. Una alegría inconcebible para quien no haya vivido los cuatro días anteriores. Ahora estábamos seguros de que en unas pocas horas llegaríamos a Ulán Bator. Si habíamos sido capaces de cruzar media Mongolia por pistas imposibles, los 400 km restantes eran pan comido.

Típica foto de carretera recta perdiéndose en la distancia en los valles de Mongolia


Y así ha sido. A excepción de algún tramo bacheado y problemas con las obras de drenaje transversal (donde siempre había golpe por no estar bien resuelta la transición entre terraplén y obra de fábrica, sé que algunos sabéis de qué estoy hablando) la carretera estaba en buenas condiciones.

Hemos tenido que pagar un pequeño peaje a la salida de la ciudad de Arvaikheer y ya no teníamos ningún obstáculo más hasta la capital. Tan sólo hacer entender a los empleados de una gasolinera cuánto combustible queríamos y la parada para comer: Hoy fideuá.

El último picnic

Cuando recogíamos después de comer, nos han adelantado otra vez los ingleses del Peugeot 206, así que nos llevaban unos cinco minutos de ventaja, llegaríamos a Ulán Bator casi al mismo tiempo que ellos.

En esta zona de Mongolia se nota la proximidad de la capital y la facilidad de llegar, porque los asentamientos de población tienen un aspecto más urbano, además de ser más frecuentes, las tiendas de la orilla de la carretera tienen otro aspecto, y no el de una yurta o choza con un letrero en la puerta. También hemos visto reclamos publicitarios de hoteles y complejos de turismo rural y de aventuras, además de un tráfico que conforme nos íbamos acercando a Ulán Bator iba ganando en intensidad, pero sin exceso.

Tráfico en Mongolia

Incluso en un cruce he visto un coche con el radar de velocidad. Conducía Nuria, y temí que a velocidad excesiva en un cruce, aunque no había señales que indicaran el límite. Y efectivamente, unos kilómetros más adelante una patrulla nos ha parado, a nosotros y a casi todo el mundo. Hemos esperado un rato hasta que llegara el agente de turno que ni siquiera nos ha dejado abrir la boca y nos ha señalado que siguiéramos.

También hemos visto que quedan restos de la infraestructura de control de la población que hubo en la época comunista. Los controles que aún existen en Uzbekistán también existieron aquí, y conservan las señales de stop, pero las garitas están vacías y abandonadas.

Al acercarnos a Ulán Bator la carretera se ha desdoblado (¡todo un lujo!) y hemos atravesado los pueblos del área metropolitana de la ciudad, con señales de cruce de peatones pero sin marcas en la calzada; y todo el mundo circulando a más de 80 km/h. Y tras ese tramo de 20 km de doble carril por fin hemos llegado a las puertas de Ulán Bator. El arco de entrada donde se paga otro peaje. Allí estaban haciéndose la foto los ingleses. Nos hemos dado unos abrazos, congratulándonos recíprocamente de la hazaña y nos hemos hecho unas fotos los unos a los otros.

En la entrada a Ulán Bator, con el estandarte del equipo de la ciudad de los ingleses.

Al otro lado del arco de entrada quedaban otros 5 km de carretera en estado pésimo, pero aún que la circunvalación de Sofía; y finalmente hemos llegado a un desvío que nos impedía llegar al centro de la ciudad según las indicaciones del esquema que nos dio en su momento la organización. El desvío era hacia el sur, y en un momento determinado había un cruce de nuevo al este, por un camino de arena bacheado, por el que iba casi todo el tráfico, así que les hemos dicho a los ingleses que probaríamos por ahí y nos han seguido.

¡Hora punta en Ulán Bator! No os la recomiendo. El desvío, junto a una central térmica que expulsaba columnas de humo negro, era un campo de minas con decenas de coches, camiones y autobuses urbanos levantando polvo que en ocasiones impedía ver veinte metros más allá. Tras un buen tramo, hemos encontrado de nuevo otra vía con aspecto de principal que circulaba al norte, hacia el centro de la ciudad, hasta que hemos llegado a una gran rotonda que nos ha metido en la zona urbana: una avenida rodeada de grandes edificios, con trolebuses y un tráfico imposible en ambas direcciones.

El mapa esquemático de la organización, útil en las ciudades pequeñas en las que apenas hay una docena de calles, aquí era poco orientativo, por lo que íbamos por intuición. Sabíamos que estábamos en la avenida principal de la ciudad y que la línea de meta quedaba en algún punto a la izquierda antes de la embajada rusa, que debería estar a la derecha.

Tras un par de vueltas y parar a preguntar a alguien (que nos ha indicado un camino más sencillo que el recomendado por el mapa de la organización), hemos vuelto a la avenida principal y hemos visto al australouruguayo, que nos ha gritado desde el otro lado de la calle al vernos también a nosotros. ¡Estábamos cerca!

Tras hacer el cambio de sentido y encontrarnos con una tienda de Pikolinos (uno de nuestros colaboradores) por fin hemos encontrado la línea de meta.

Han salido a recibirnos los Blinkacepas, que nos han visto llegar desde el balcón. Nos hemos dado unos abrazos y contado alguna batallita mientras esperábamos que el camión de la Coca-cola se fuera para que pudiéramos aparcar, y ya estábamos en la meta.

Intercambiando primeras impresiones con Sergio y Jose, los Blinkacepas de Requena.

En el mismo edificio donde estaba la oficina de la organización y el bar oficial de la llegada, hay un hotel. Los requenenses y el australiano nos han dicho que para dormir una noche nos valía, aunque las habitaciones olían un poco a perro, el papel de las paredes estaba arrancado en algunos sitios y los baños (uno por planta, si es que se les podía llamar baños) no tenían todos agua caliente. Pero bueno, tras varias noches durmiendo en campo abierto, aseándonos como podíamos y pasando frío, este lugar es casi lujo asiático.

Nos hemos tomado unas cervezas con los Blinkacepas mientras buscábamos en internet vuelos de vuelta para mañana sábado o el domingo; y nos hemos llevado la desagradable sorpresa de que eran muy caros, así que deberemos esperar a preguntar mañana en una agencia de viajes o ver si el tipo que dice la organización que nos puede conseguir algo viene a primera hora.

Pau busca vuelos en internet con unas cervezas en el bar de la línea de llegada.

Los Blinkacepas salen mañana a primera hora, así que harán tiempo en el bar y luego se irán en taxi a hacer tiempo al aeropuerto, así que como la cocina del bar había cerrado, nos hemos despedido de ellos y nos hemos ido a buscar alguno sitio donde cenar de los que nos han hablado los de Requena.

Ulán Bator un viernes por la noche es un caos de tráfico y de gente joven entrando y saliendo de bares. Pero era tarde y en los dos sitios donde hemos preguntado ya no daban de cenar, hasta que nos hemos vuelto a encontrar a los australianos y a los ingleses que remolcamos el martes y que nos encontramos ayer en el vado del río. Nos han hecho sitio en su mesa y hemos pedido que nos trajeran alguna pizza más... Sí, hemos recorrido 14.866 km para cenar en un italiano. Pero todo lo que había en esta zona de restaurantes era temático (sin faltar el pub irlandés).

Los ingleses también se van después de cenar hacia el aeropuerto, los australiano se quedarán unos días más y es posible que vuelvan a su país vía Vietnam. Unos chicos con tiempo libre... Aunque cuando hemos estado hablando del coste del viaje, casi les da un ataque. Nosotros hemos dicho la cifra aproximada que creemos que nos hemos gastado casi con vergüenza, pensando que ha sido mucho dinero, y sin embargo ellos se han llevado las manos a la cabeza porque parece que se han gastado mucho más.

Y por fin con unas cervezas frías en la tripa y una buena cena, nos hemos ido a dormir para mañana buscar pronto vuelo de vuelta e intentar ir por la mañana a ver el centro de la fundación de Christina Noble, para llevar personalmente el material médico y escolar.


¡Conseguido!


DÍA 27: ALTAI - BAYANKHONGOR

18 de agosto de 2011

1 país: Mongolia (acumulados 17)

0 túneles (acumulados 138)

421 km (acumulados 14.252 km)

Es una pena que la falta de tiempo nos esté obligando a tragar kilómetros y kilómetros sin poder recrearnos un poco más en las pocas ciudades (y algún que otro pequeño asentamiento) que estamos atravesando. Realmente no estamos conociendo de Mongolia más que sus paisajes solitarios y desolados, y muy superficialmente la poca gente con la que hemos tratado. Las prisas no con buenas consejeras.

Hoy nos hemos vuelto a levantar al salir el sol y hemos parado en cuanto comenzábamos a necesitar los faros de la ambulancia. Novedosamente, no hemos tenido ningún incidente reseñable desde el punto de vista de perder tiempo, y aún así, hemos hecho menos kilómetros que ayer. Es decir, el camino de hoy era, en general, horrible. Pero Merceditas resiste como una campeona.

Además Nuria, que llevaba varios días un poco pocha, ya se encuentra en perfectas condiciones y ha estado conduciendo bastantes kilómetros a las puertas del desierto del Gobi.


Pasado el pueblo de Delger, unos 50 km después de comenzar la etapa, hemos seguido, según el mapa de carreteras, la pista que se desviaba justo hacia el sur del pueblo. Sin embargo veíamos que otra pista más ancha y aparentemente más transitada se dirigía hacia el este, cosa que no tenía mucho sentido. Poco a poco hemos ido descubriendo que sí.

Si creer que vas por el camino principal y sin embargo estás en otro sitio es estar perdido, nos hemos perdido. Nunca hemos dejado de conducir en la dirección correcta, pero parece que el mapa está desactualizado y hay otra ruta algo más larga pero sencilla para bordear las colinas que hay al sureste del pueblo de Delger. El camino por el que íbamos, poco a poco ha ido subiendo por las colinas, cada vez más estrecho e intransitable para camiones, así que hemos supuesto que la pista más ancha que vimos al salir del pueblo era la de los vehículos pesados y éste era el camino corto. Y una vez atravesadas las colinas, donde Nuria ha tomado el mando, tras una hora de no encontrarnos con ningún vehículo (y eso sí que da mala espina), hemos visto en la lejanía la ruta supuestamente más transitada. Pensábamos que convergeríamos con ella, pero no ha sido así. Hemos estado durante un par de horas avanzando por un valle amplísimo en el que según el mapa hay bastantes corrientes y lagos estacionales. Para nuestra tranquilidad, hemos visto las cuencas de esos lagos, ahora secos, y hemos ido sufriendo las rieras secas y poco profundas que atraviesan la llanura.

En medio de la nada

Se podía conducir rápido por en medio de la llanura, en la que el estrecho camino inicial se ha ido ramificando de nuevo como en días anteriores (un síntoma, como los neumáticos que hemos visto regularmente tirados por todo el camino, de que nos encontrábamos en un lugar con tráfico); pero de vez en cuando aparecían los restos de cauces estacionales. Al atravesarlos, Merceditas ha hecho algún vuelo, ninguna novedad porque ya llevamos varios saltos imposibles.

Tras esas dos horas por en medio de la llanura (íbamos almorzando densas galletas de canela que compramos en Barnaúl) hemos comenzado a ver que de tanto en tanto nos pasaba un camión o venía un coche en sentido opuesto. Pero no por donde íbamos nosotros, sino a varios centenares de metros, quizá más de un kilómetro, a nuestra derecha o nuestra izquierda: el camino era todo el valle.

Peligros del desierto.

Lo más chocante de este tramo solitario en el que hemos visto varios esqueletos de vaca (hemos parado a que Nuria cogiera las vértebras de uno de ellos), ha sido que de repente nos hemos encontrado de frente con varios todoterrenos oscuros con los cristales tintados y luces de policía en la alto. Eran tres o cuatro y han pasado a toda velocidad. Ya teníamos confirmación de que por aquí se va y se viene de algún sitio a pesar de que según los kilómetros recorridos deberíamos haber pasado por un pueblo llamado Buutsagaan. Ni rastro del mismo, pero poco a poco todas las pistas abiertas por en medio de la llanura en una franja de más de dos o tres kilómetros de ancho han ido convergiendo en una banda de unos 100 metros, lo habitual aquí. Y hemos empezado a ver vehículos en los dos sentidos. Al igual que ayer, no hay en esta zona y en esta dirección otra ruta posible a ningún lugar. Tenemos la certeza de que vamos camino de Ulán Bator.

Una sombra donde comer.


Poco después de comer nos hemos encontrado con el vado más mítico del Rally Mongol, el del Baydrag Gol.


En la entrada al pequeño poblado que hay junto al río, ya vimos a niños esperándonos con pancartas del Rally Mongol; que salieron corriendo detrás nuestro hasta la orilla, donde también había tractores esperando para remolcar a los vehículos que llegan a ese punto.

Pau repartiendo caramelos entre la chavalería.

Una de las niñas, a la que le enseñé el mapa para que me dijera exactamente dónde estábamos, supo interpretarlo perfectamente buscando el nombre del río y confimándome que estábamos donde yo pensaba. Es la primera persona en todo el viaje a la que enseño el mapa de carreteras y no lo mira como si se tratase de algo extrañísimo.

Nos estábamos pensando si pasábamos por nuestra cuenta o dejábamos que nos remolcasen, cuando vimos a un tipo en motocarro, y luego también un autobús, cruzar el río. Entonces, la chavalería que nos rodeaba y alguno de los mayores nos contó por señas la trayectoria que habían seguido y que nosotros debíamos imitar.

También han aparecido en ese momento el australiano con acento porteño, su compañero de ascendencia hindú y los ingleses ocupantes del Daewoo que remolcamos hace dos días. Vienen en un furgón taxi. Todos tuvieron que dejar sus coches atrás.

Ellos aprovechan la parada para darse un baño, y nosotros seguimos la trayectoria que ha recorrido Pau a pie y cruzamos el primer brazo del río. Por poco nos quedamos porque la corriente era muy fuerte en la zona más profunda y me metí atravesado, exponiendo mucha superficie al empuje del agua. Pero el motor de Merceditas tiene más empuje y hemos pasado al otro lado. Hemos hecho tiempo rellennado garrafas y viendo cómo pasaba algún autobús por los otros brazos del río que teníamos a continuación; y en cuanto el taxi colectivo de los ingleses y australianos se ha puesto en marcha, hemos seguido su trayectoria para cruzar el resto del río.

Remojándose los pies en la corriente principal que hemos atravesado.

Durante bastantes kilómetros los hemos usado como liebre para saber la parte buena del camino que debíamos ir cogiendo, pero poco a poco nos han ido dejando atrás porque la suspensión de la ambulancia es muy blanda en comparación con la de esos furgones todoterreno que usan aquí.

Sin embargo, dos o tres horas más tarde los hemos vuelto a ver. Estaban haciendo una parada de descanso en lo alto de una colina, junto a uno de los extraños hitos que ponen en los puntos altos del camino. Cada vez que la carretera pasa por a una cumbre hay una especie de pequeño santuario lleno de plásticos y bolsas azules.

El resto de la tarde ha sido tranquila, aunque el camino era horrible, sobre todo la entrada a Bayankhongor, casi impracticable. Hemos rodeado la ciudad por el sur, malinterpretando el mapa esquemático del manual de la organización porque no era ése el camino. Aún así, se veía que íbamos hacia el aeropuerto, y por tanto hacia alguna carretera que conectaría con la salida sur de la ciudad, hacia donde íbamos.

La bajada a Bayankhongor

Y aquí hemos tenido uno de los momentos paranoicos del viaje. Por el caminillo venía una furgoneta en sentido contrario, por lo que nos hemos apartado, y en ese momento hemos comenzado a escuchar un ruido extraño, como de una correa o algún conducto que no funcionara bien. Tras varios intentos de buscar el origen del ruido, que se producía sólo cuando la ambulancia se movía, yo pensaba que se trataba de grava que se habría metido dentro de alguna llanta, aunque no localizábamos cual. Pensábamos que incluso quizá fuera el amortiguador son quitapolvos, que estaba empezando a avisar.

Intentando recomponer el apaño del quitapolvos

Estábamos parados intentando saber de qué se trataba cuando han aparecido los ingleses talluditos del Peugeot 206 que ya nos encontramos en la entrada a Turkmenistán, en Tashanta y en Ölgiy. Ellos estaban igual de perdidos que nosotros. Se habían metido por error, igual que nosotros, por el mismo camino. Tras un intercambio de pareceres, han dado por buena la suposición de que siguiendo al aeropuerto se podría llegar a algún sitio y se han ido. Nosotros, tras varios intentos más, hemos descubierto que el motivo del ruido no era más que un alambre que se había enganchado en los bajos de la ambulancia cuando nos apartamos del camino. Y pensábamos que rompíamos allí...


A la salida de Bayankhongor hay una garita en la que hay que pagar un equivalente a unos 50 céntimos, o menos, por cruzar un puente asfaltado. Lo hemos hecho gustosamente y a continuación hemos visto que no sólo el puente estaba asfaltado, sino que la carretera seguía en perfecto estado durante varios kilómetros más, y que no se veía en la distancia el rastro de polvo de ningún vehículo. Sin duda esos 15 km hasta Ölziit han sido de lo mejor del día. Sólo 15 km.


Hemos avanzado otros 15 más, en los que nos han vuelto a adelantar los ingleses del Peugeot (iban a todo trapo, no es de extrañar que tuvieran que cambiarles la suspensión en Ölgiy) y en cuanto el sol se ha escondido, hemos buscado de nuevo un sitio apartado del camino para montar el campamento.

Incluso hemos tenido tiempo de parar a fotografiarnos con los camellos bactrianos (los de dos jorobas)

Estamos a unos 600 km de Ulán Bator, de los cuales más de la mitad son asfaltados. ¡Podemos! Mañana madrugaremos para intentar llegar antes de que se haga de noche.

Nuria preparando la última cena del camino.

Ya queda menos.

sábado, 22 de octubre de 2011

DÍA 26: KHOVD - ALTAI

17 de agosto de 2011


1 país: Mongolia (acumulados 17)

0 túneles (acumulados 138)

438 km (acumulados 13.393 km)

Amanece, hora de desayunar.


Hoy hemos visto salir el amanecer mientras nos preparábamos para iniciar la etapa, y hemos parado en cuanto se ha puesto el sol. Desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la tarde y sólo hemos avanzado 438 km. Y es que, de nuevo, hoy hemos tenido nuestra pequeña historia que nos ha retenido durante un par de horas en total. Conducir en Mongolia no es pensat i fet , como se diría en valenciano. En cualquier rincón del camino hay un inconveniente esperándote.

Esta mañana los mosquitos no estaban tan activos como anoche, así que hemos podido desayunar con un poco más de calma mientras el Sol asomaba tras los montes al otro lado del lago; y hemos vuelto a la pista y al polvo.

Los primeros 50 km eran hacia el sur por una llanura abierta y pedregosa en la que el camino era una multitud de ramificaciones en la que ninguna era mucho mejor ni mucho peor que la de al lado. Se veía algo de tráfico incluyendo camiones de obra, igual que ayer. Pero estos camiones se veían cada vez más a la izquierda, ligeramente paralelos a nosotros hacia el este.

Los caminos.

Al llegar a las inmediaciones de lo que en nuestro mapa de carreteras aparecía como una bifurcación hemos podido comprobar que esa bifurcación del mapa no es más que algo esquemático porque era unos cuantos kilómetros antes donde nuestra ruta se iba desviando hacia el sureste. Es decir, que no se trataba de un cruce tal cual sino de un lugar impreciso de la llanura en la que los caminos van divergiendo poco a poco. Afortunadamente, en mitad de las dos rutas (la buena y la nuestra) aparecía un espolón montañoso que dividía la llanura en dos y que hemos podido ver que también figuraba en el mapa. Eso nos ha dado mala espina, unido a que la línea eléctrica de alta tensión también se apartaba al este y que finalmente nos hemos encontrado con unas indicaciones de carretera que enviaban a un pueblo llamado Mankhan, 7 km al sur de nuestro camino.

Hemos tenido que ir campo a través buscando la pista correcta por caminillos de cabras abiertos entre las dos rutas principales. En este punto comenzaban las obras, y ha sido complicado encontrar la forma de pasar al otro lado de terraplén en construcción. Curiosamente, había una puente y una gasolinera pero ambos estaban cerrados. Junto a un grupo de yurtas en la orilla del río hemos encontrado a una adolescente que no encajaba en aquel pobre desierto de piedras. Vestía unos vaqueros ajustados y una camiseta, además de ir bien peinada y limpia (que no es lo que nos hemos encontrado hasta ahora). Junto a ella había una señora mayor que sí parecía más acorde con el lugar: piel ajada, desdentada, vestida al modo tradicional y con los años pesándole sobre la espalda.

La chica nos ha respondido, en un inglés muy correcto, que efectivamente íbamos bien hacia Altai. Y que era en ese punto donde había que cruzar el río. Yo no terminaba de creérmelo y pensaba que habría otro vado más practicable en algún otro lugar. Pero en la orilla opuesta del río había una familia haciendo camping (en tiendas de campaña, no en yurta), con su coche familiar de tamaño medio, y nos han dicho también que era por ahí. Un camión ha pasado por delante de nosotros y no me ha convencido ver lo que se hundían las ruedas en el agua, pero si todos decían que el camino era ése, pues adelante. Pau ha pasado a pie para ver la profundidad y le hemos seguido. Sin problemas. Fue más difícil el segundo vado de ayer.

A partir de este punto el camino ha empeorado considerablemente, si es que eso era posible. La ruta “buena” estaba en obras y teníamos que ir por lugares imposibles. Hemos dado muchos saltos en baches que esperaban traicioneros al final de cada pequeño tramo en condiciones más aceptables.

Han sido 60 km malísimos que hemos hecho en unas dos horas: una gran media... Tras este tramo horrible, cuando parecía que se podía conducir un poco mejor (la ondulación sigue en su sitio pero al menos el camino es recto por una plataforma elevada) nos hemos encontrado con otros participantes: un coche pequeño y un furgón. Parece que tenían algún problema con el coche pequeño. Algunos de ellos eran norteamericanos, y afortunadamente eran bastantes y no nos han pedido ayuda, así que hemos seguido adelante a toda prisa (que estamos ya a miércoles y en dos días deberíamos llegar a Ulán Bator). Y unos kilómetros más adelante, de nuevo hemos encontrando otra bifurcación (esta vez claramente perceptible en el terreno) en la que no había indicaciones. La ruta más ancha se desviaba al este, pero según el mapa de carreteras (que no marcaba ese cruce) nosotros debíamos seguir hacia el sureste, hacia donde iba el camino más estrecho que teníamos delante. Han pasado un par de todoterrenos lujosos por la pista principal, y tras un par de minutos de divagaciones ha aparecido un camión por el camino estrecho. Le hemos pedido que parara y tras un rato de confusión de los dos camioneros (también iba una mujer en la cabina) en el que parecía que no entendían el mapa, nos han dicho que hacia Altai y Ulán Bator era por el otro lado.

Menos mal que los hemos encontrado porque parece que con la escala de nuestro plano no hay que fiarse al 100% de las direcciones que toman los caminos en el papel. Y también menos mal para los camioneros, que se han dado cuenta de que la carga del remolque estaba a punto de caérseles. Así que los hemos dejado estibando de nuevo la mercancía y hemos seguido camino de siguiente pueblo: Darvi.

Y ahí nos ha ocurrido de nuevo lo mismo. Tras este pueblo, y según el mapa, la carretera debía dar un giro muy pronunciado hacia el norte y luego al este, pero poco a poco la pista principal se ha ido difuminando y han comenzado a aparecer muchos caminos que parecían intransitados. Todos más o menos en la misma dirección pero no tal y como indicaba el mapa. Intentábamos interpretar las colinas que veíamos con las elevaciones que marcaba el plano, pero lo único por lo que creíamos que no había otro camino posible es porque poco a poco, en los dos sentidos, ha comenzado a aparecer tráfico: camiones, autobuses, todoterrenos, turismos y furgonetas-taxi. Pero el tráfico en estas regiones de Mongolia no es una cosa que produzca embotellamientos, sino que cada 5 ó 10 minutos veíamos aparecer un vehículo, de una forma constante. El camino tenía que ser ése porque no se veía en el plano que en esta zona hubiera nada, ni carretera ni pueblo diferente a nuestra ruta. Aún así, hemos seguido por fe en ese razonamiento y no por la forma de la carretera en el mapa.

Y así hemos seguido, por en medio de una gran nada en la que de vez en cuando se nos cruzaba un grupo de camellos y algún que otro camión o taxi colectivo. Precisamente durante bastantes kilómetros hemos seguido a uno de éstos (hasta que han parado a descansar) porque hemos de suponer que los conductores locales conocen mejor el camino y saben qué ramales están en mejores condiciones.

Siguiendo a uno de los taxis colectivos.

Hemos parado en medio de esa nada para comer, y Pau ha visto que el quitapolvos del amortiguador delantero derecho está hecho unos zorros, y perdíamos lubricante del interior del amortiguador. Lo hemos arreglado como hemos podido con cinta americana, y a seguir con algo en el estómago.

Por fin, a unos 70 km de Altai, la pista ha vuelto a ser una plataforma elevada de zahorra por la que se podía avanzar a mayor velocidad (incluso a 80 km/h en algún tramo) por la grava suelta y bien nivelada del camino. Pero a 30 km de la ciudad, conduciendo Pau a unos 70-80km/h, hemos notado que el baile característico de rodar en tierras sueltas era excesivo y la ambulancia empezaba a culear mucho. En ese momento hemos escuchado una de las ruedas de atrás haciendo mucho ruido y hemos parado: Pinchazo y rueda trasera izquierda, la que nos arregló Juan Pedro, destrozada. ¡Cómo olía a goma quemada!


Pau muestra, orgulloso, su buena obra del día.

Nos ha costado sangre y sudor cambiar la rueda (menos mal que ayer por la tarde en Khovd cambiamos la cubierta a la llanta) porque nuestro gato es un tanto perezoso y no trae manivela, con lo que hay que ayudarse de una llave de tuercas para hacer girar el brazo. Ha sido agotador, pero hemos conseguido cambiar la rueda y nos hemos visto obligados a parar en Altai en el taller oficial del Rally Mongol para que nos volvieran a cambiar la cubierta de la llanta, si es que no teníamos que comprar otra llanta porque se había dañado.




Pau observa cómo intento subir la ambulancia un poco más. La rueda rota salió pero hay que levantar más para que entre la nueva.



Servidor mostrando el sudor, la sangre y la suciedad fruto del cambio de la rueda.

En Altai hemos encontrado el taller sin dificultad (había un gran cartel con las palabras Rally Mongol). Allí estaban esperando también a que les hicieran unos arreglos unos escoceses que habían tenido un accidente y habían dado varias vueltas de campana. Afortunadamente estaban bien y sólo habían tenido que quitar las lunas y cambiarlas por plástico. Nuria atendió a uno de ellos, que decía que había tenido un golpe fuerte en la cabeza. Se fueron al rato de llegar nosotros, y más tarde aparecieron los del furgón que nos encontramos esta mañana preguntando por ellos y si estaban bien. Se fueron al centro de la ciudad en su búsqueda.


Taller socio del Mongol Rally

En el taller, el tío que se encarga del tema ruedas nos ha dicho (todo por gestos) que podría arreglar la llanta y nos cambiaba la cubierta. Así que nos hemos relajado y hemos aprovechado para comprar agua y refrescos. Además, mientras intentaban ver si nos podían arreglarnos el tema del quitapolvos del amortiguador, Nuria ha atendido a un par de niños: a una por quemadura en la pierna (con leche hirviendo, según me contó la madre, o la tía) y a otro niño por unos sarpullidos en todo el estómago. A la madre de éste le hemos dado el bote de polvos de talco y Nuria le ha explicado que era muy importante que después de lavarlo, lo secara bien. Esperemos que la traducción doble simultánea haya sido útil. Uno de los tipos que estaba en el taller, le ha cogido “cariño” a Nuria y nos la quería comprar. No ha habido trato.




Nuria atendiendo a la niña con la quemadura de leche en la pierna

Y además, como veía que los que tenían que arreglar el quitapolvos no se aclaraban mucho para sacar la rueda (he tenido que ayudarles a quitar las tuercas), les he dicho que se olvidaran del tema y que como mucho volvieran a fijar con cinta lo que pudieran. Nos quedan 1.050 km, no creo que sean grave.

La chica que nos ha hecho de intérprete ha dicho a Pau que a partir de ahora teníamos un bonito camino hacia Ulán Bator (“nice road” ha dicho la amiga), nada que ver con la carretera bacheada que habíamos sufrido. Así que tras llenar el depósito hemos seguido hacia el este confiando en que durante el poco menos de hora que nos quedaba de luz pudiéramos avanzar bastante. Han sido unos 40 km, no conseguimos medias mayores.

Igual que ayer, en cuanto la luz de los faros ha comenzado a hacer sombra en los baches, hemos buscado un sitio alejado del camino, al otro lado de las obras de la carretera nueva que están construyendo por este lado de la ciudad, y hemos montado el campamento (qué diferencia con la primera noche de acampada en Klenová, que no sabíamos montar la tienda; ahora lo hacemos con los ojos cerrados).

Aunque está oscuro y la carretera está intransitable (a pesar de lo que nos ha dicho la chica de Altai) hay bastante tráfico, casi más que durante el día; y siguen pasando camiones, coches y motos al otro lado de la plataforma en construcción.

Estamos a 1.000 km de Ulán Bator y sabemos que los últimos 400 km son asfaltados. Creo que podremos hacerlo en dos días.




Hoy acampamos en mitad de esta nada.

sábado, 15 de octubre de 2011

DÍA 25: ÖLGIY - KHOVD

16 de agosto de 2011


1 país: Mongolia (acumulados 17)

0 túneles (acumulados 138)

263 km (acumulados 13.393)


Ya tenemos a nuestro Ángel de la Guarda del viaje, al igual que esperamos tener esa consideración para otros participantes del Rally.

Merceditas entre el coche de Juan Pedro y el del nuestro anfitrión.

Nuestro benefactor ha sido Juan Pedro, el suizo. Sin él hoy habríamos perdido mucho tiempo. Aunque luego lo hemos perdido para ayudar a otra gente, así que tras la toma de contacto de ayer, hoy tampoco hemos avanzado mucho en Mongolia. Si seguimos a esta media, no llegamos.

Esta mañana al despertar Pau e ir al baño, ha vuelto a entrar con malas noticias. No se trataba de que el retrete es una fosa al aire libre rodeada tan solo por una tapia de poco más de un metro de altura (al menos estaba limpia). La rueda trasera izquierda estaba pinchada. Y no teníamos rueda de repuesto. Nos tocaría pedir a nuestro anfitrión que nos llevara a un taller con la rueda o que hiciera venir a un mecánico...

Pero nuestro jubilado suizo se ha puesto manos a la obra cuando Pau le dijo que tendríamos problemas para arreglarlo. Ha sacado su supergato para levantar la ambulancia en cuatro movimientos; y tras extraer la rueda hemos buscado el pinchado y lo ha arreglado con el kit que lleva en su todoterreno para pinchazos. Le hemos preguntado si había arreglado antes muchos como éstos, y nos ha respondido que hasta ahora sólo había practicado por si se daba el caso. Y pensar que nosotros comenzamos el viaje sin saber dónde iba el gato ni cómo se extraía la rueda de repuesto... Y el suizo llevaba hasta compresor para enchufar a la batería del coche.

Así que hemos empezado el día ensuciándonos (al menos anoche no nos pudimos duchar). Tras desayunar algo y reclamar al cabeza de familia que me devolviera el cambio de lo que le pagué anoche (no lo hizo en el momento y se lo tuve que recordar esta mañana), hemos seguido a Juan Pedro hasta el centro de la ciudad. Según los planos esquemáticos de las ciudades mongolas que nos proporcionó la organización, junto a la plaza central hay talleres donde podemos poner uno de los neumáticos extra que llevamos en la llanta de la rueda de repuesto.

Era extraño encontrarse con calles asfaltadas, coches nuevos, gente ocupada en tareas urbanas y edificios de viviendas en mitad del paisaje interminable que vimos ayer y entre los barrios humildes que hemos visto esta mañana (aunque es cierto que los edificios que hemos visto nos estaban en el mejor estado de conservación). Pero parece que las ciudades de Mongolia son algo más que campamentos de yurtas y tienen un desarrollo urbano estándar (quizá impuesto en la época de estatalismo).

En la plaza central de la cuidad nos hemos despedido de Juan Pedro, que iba a la oficina de Correos a enviar un correo electrónico a su mujer. Ha sido una suerte encontrarlo. Y a quien nos hemos encontrado aquí ha sido al australiano con acento porteño y a un británico que en el campamento de Tashanta de vez en cuando se acercaba a contarnos cosas sin interés y a una velocidad incomprensible (quizá si lo hubiéramos comprendido sus anécdotas hubieran sido interesantes, quién sabe) para luego irse como cualquier cosa: Nuria le puso de mote El pájaro loco.

Éstos no sabían donde estaban los talleres, así que hemos seguido hacia la salida de la ciudad en búsqueda de una gasolinera (anoche no llenamos el depósito cuando nos asaltó el matrimonio kazajo) y un taller. El tipo de la gasolinera, tras varios intentos para explicarnos dónde estaba el taller, ha decidido subirse con nosotros y guiarnos él mismo al taller. Pero tras dos paradas, no hemos encontrado ningún sitio donde pudieran arreglarnos, así que nos la hemos vuelto a jugar y nos hemos lanzado a campo abierto sin rueda de repuesto, confiando en que en los 240 km hasta la próxima ciudad: Khovd no tuviéramos ningún percance.

Y allá que hemos salido brújula en mano hacia el sureste por la única pista que se veía en esa dirección. El asfalto apenas ha durado un par de kilómetros, y antes de encontrar la única señalización esquemática de las carreteras que teníamos por delante, ya avanzábamos por una pista ancha pero bacheada con la maldita microondulación que convierte esto en un infierno.

En seguida hemos estado en mitad de una gran llanura en la que a la pista ancha le han ido saliendo multitud de caminos a ambos lados, más estrechos pero sin la ondulación producida por el tráfico. El problema de los caminos laterales es que en general están más sucios de piedras grandes y no están sobre una plataforma que salve los pequeños cauces de escorrentía que atraviesan la llanura. Así que debíamos elegir entre el traqueteo infernal con el que es imposible saber la velocidad idónea, o los caminos laterales sinuosos, que permiten una velocidad mayor con una rodadura más suave pero con el peligro de comerse una piedra grande o los grandes baches producidos por los badenes. Íbamos a rato por un sitio o por otro, sin encontrarnos más que algún rebaño de cabras y algún camión y autobús, en ambos sentidos. También, e imitando a Homer Simpson, nos hemos encontrado con uno de los mayores espectáculos que se pueden observar en la Naturaleza: una gran caravana de apisonadoras avanzando por mitad de la llanura, fuera de la pista marcada. Luego hemos podido comprobar que se están haciendo obras de construcción de una carretera nueva (nos metimos por error en la plataforma sin terminar y unos obreros tuvieron que indicarnos que por ahí no era) e incluso hemos visto una planta de aglomerado asfáltico.

El interurbano Khovd - Ölgiy

Si encontrarse obras en una carretera civilizada tiene sus inconvenientes, encontrarla en estas pistas es un auténtico martirio, porque además de la proliferación de baches imposibles de esquivar, la nube de polvo levantada por el poco tráfico que puedas encontrarte es un manto de invisibilidad peligrosísimo, y adelantar a algún camión lento que te encuentres en el camino puede ser muy peligroso.

La llanura era en realidad un valle amplio por el que hemos avanzado los primeros 70 kilómetros, hasta que hemos bordeado el lago Tolbo por el norte tras unas indicaciones no muy claras y hemos comenzado a subir el primer puerto de montaña de los dos que hay hasta Khovd.




Y aquí, ¿qué dice?


Está claro, a 134 km de Tolbo, tirando por la izquierda, se llega a Khovd.

Aquí la pista ha ido empeorando poco a poco hasta convertirse en un camino de cabras subiendo montaña arriba. Nos parecía físicamente imposible que por ahí hubieran pasado los camiones que de tanto en tanto nos encontrábamos en sentido contrario.




Más adelante hemos encontrado un pequeño río que hemos vadeado sin problemas. Aquí hemos decidido darnos el baño del día. Y en ésas estábamos en mitad de un valle abierto a 2.600 m de altitud, rodeados de cumbres nevadas, cuando ha aparecido un chaval en bicicleta a observar lo que hacíamos. Al igual que la abuela de los niños del águila, no se veía de dónde había aparecido. Simplemente era una gran extensión sin más huellas humanas que las marcas de los vehículos creando un camino, y de repente aparece gente.



Nuria aseándose, Pau recogiendo agua, el niño y las montañas nevadas.

Además del niño, unos minutos después llegaron unos paisanos en un todoterreno soviético de los antiguos, que cruzaron el río pararon, curiosearon un poco, se rieron bastante (uno de ellos iba como una cuba) y como vieron que no les hacíamos caso siguieron su camino.

El crío y su bicicleta

Una vez aseados y con agua en los bidones, hemos dado al niño unos caramelos y 6 km después nos hemos vuelto a encontrar a los borrachos del todoterreno al otro lado de un río que había que vadear. Se podía hacer por varios sitios y creo que he elegido el peor: el más estrecho pero profundo. No nos hemos quedado atascados en la grava de milagro, porque hemos patinado y el agua ha llegado por delante hasta la luna delantera, es decir, muy arriba. Después de esto, la aguja de la temperatura me ha tenido preocupado un par de horas porque se ha quedado muy abajo. Pensé que el agua o la grava había estropeado el sensor de la temperatura del motor porque no se recuperaba. Aún así, a tanta altura (aire frío) y sin pasar de los 50 ó 60 km/h, tampoco es que estuviéramos forzando tanto al motor.


Esto es lo más cerca que hemos visto un yak.

Hemos dejado el valle y hemos vuelto a bajar lentamente por desfiladeros más o menos estrechos y caminos que en ocasiones eran pistas y en otras había pistas que te ayudaban a adivinar que ése era el camino hasta que nos hemos encontrado con unos ingleses que acamparon junto a nosotros en Tashanta. Cuatro tíos en dos Daewoo Matiz. Estaban parados porque se les había agujereado el depósito de uno de los coches, que había quedado completamente fuera de juego. Y nos han pedido que los remolcáramos hasta la ciudad. Estábamos casi a 80 km de Khovd, y no podíamos decir que no. Así que la idea inicial de llegar a Khovd a media tarde para que nos arreglaran la rueda mientras comíamos algo ha sido abortado.

Han sacado ellos su cable de arrastre, que era corto, y lo hemos atado a nuestro eje trasero (la ambulancia no tiene ningún gancho). Y allá que hemos salido arrastrando al pequeño Daewoo por caminos que estaban más o menos transitables hasta que han comenzado a pitar para que paráramos. El cable es demasiado corto y por tanto no tenían tiempo de reacción si yo frenaba bruscamente al encontrarme con baches o piedras. Además me han pedido que fuera aún más despacio (iba a 30 km/h) y no pillara baches ni piedras (es lo que intentaba hacer) porque habían perdido la suspensión y además su coche es más bajo que nuestra ambulancia (mira, de esto no me había dado cuenta).




Servidor y un inglés debajo de la ambulancia

Así que hemos sacado nuestro cable de arrastre, más largo, y lo hemos empalmado con el de ellos. Mientras hacíamos este circo, ha llegado un tío a caballo para curiosear, ha pasado una motoniveladora en sentido contrario (¿qué estaría arreglando el tío de la motoniveladora?) y Nuria dormía en la camilla sin enterarse prácticamente de casi nada porque parece que algo de la cena de anoche le sentó mal.

Tras otros cuantos kilómetros se ha roto nuestro cable de arrastre porque iba tocando mucho el suelo y ha terminado por rasgarse. Es imposible llevar una velocidad constante en estos caminos, así que no se puede tener el cable tenso, sino que de vez en cuando golpea el suelo. Por lo que hemos tenido que seguir haciendo arreglos con nudos al cable, hasta que se ha roto totalmente.


Piano piano si arriva lontano

Así íbamos parando hasta que nos han adelantado los ingleses con los que cruzamos de Turkmenistán a Uzbekistán. Ha sido cuando estábamos sustituyendo el cable de arrastre por cuerda. Como era muy larga hemos podido hacer un cordón de seis cables a base de trenzarlo varias veces. A poco menos de 50 km de Khovd había un puente sobre un río. Un puente en un estado lamentable, tanto que había varios camiones abajo en el río para vadearlo. Me he santiguado (imaginaos el aspecto que tenía en puente) y hemos cruzado con los ingleses detrás nuestro, que en ese momento ya habían perdido dos de los seis cables de los que se componía el cordón.

Y a partir de este punto el camino se ha complicado porque se ha vuelto arenoso. Permite ir más rápido porque apenas hay baches, pero hay más tirones porque los vehículos patinan. Así que el cordón ha ido perdiendo sección conforme saltaban los cables en los tirones más fuertes además de que no sé qué les habrá pasado que ha habido un momento en el que se han quedado sin batería, se les ha bloqueado la dirección y han terminado empotrados contra unas piedras en el lateral del camino.

Habíamos recorrido 40 km en dos horas, delante de nosotros el camino comenzaba a subir unas colinas no muy altas, pero que requerirían un esfuerzo extra sobre la arena. Y el cordón tenía la mitad de sección que cuando lo enganchamos. Así que tras varios puntos en los que hemos estado a punto de atascarnos en la arena, con los tirones correspondientes que han roto completamente el cordón; los hemos subido a lo alto de la primera colina usando su cable de arrastre (que no medía más de 5 m). Los hemos dejado allí arriba. Como eran dos coches, la mitad del equipo se acercaría a la ciudad a pedir mecánico o remolque y los otros se quedarían allí esperando.

Nos hemos despedido de ellos y hemos podido avanzar más ligeros. Por un lado sabíamos que era una putada dejarlos allí, pero era martes a las 5 de la tarde, aún no habíamos comido y no habíamos recorrido más que 200 km: la meta de llegar el viernes a la capital y estar el lunes trabajando en España se complicaba. Teníamos que seguir adelante fuera como fuera.

Curiosamente, a partir de ese punto, el tráfico ha aumentado y hemos comenzado a encontrarnos autobuses circulando por esos caminos de arena de las colinas. También hemos adelantado a los ingleses de la frontera uzbeka porque parece que se atascaron en un banco de arena y los acababa de sacar de allí uno de los camiones que habíamos visto en el vado del río (y que nos adelantó en una de las últimas paradas con los remolcados).



Las vacas vuelven a la ciudad, al fondo a la izquierda

A la entrada de Khovd había un campamento para los participantes del Rally Mongol, pero según el croquis que teníamos de la organización, el taller estaba en la salida de la ciudad. Hemos podido encontrar lo que según el plano era el taller pero estaba cerrado. De la vivienda contigua ha salido una familia al completo que nos han indicado que llamáramos al teléfono que estaba garabateado (y rascado, nada de pintarlo) en la pared del marco de la persiana metálica del taller. Tras varios intentos hemos podido hablar con alguien que nos ha dicho que esperáramos. Mientras tanto, la familia que vivía allí ha estado curioseando la ambulancia. Uno de los niños estaba hecho un asco: sucio, medio desnudo, con mocos, dando un aspecto de pobreza extrema; pero estaba jugando con un teléfono móvil que no parecía barato. Que alguien me lo explique.

A los pocos minutos ha llegado una mujer bien vestida en un todoterreno grande y caro que nos ha pedido que la siguiéramos. Nos ha llevado de vuelta al campamento que vimos a la entrada de la ciudad. Allí, el enlace de la organización del Rally se ha hecho cargo de la reparación de la rueda (se la han llevado para cambiarle el neumático a la llanta) y nos ha invitado a meternos en la yurta-bar que tenía instalada. Allí estaban los ingleses talluditos que recolectaron el dinero en la frontera turkmena (nos han dicho que ellos se vuelven desde Mongolia a Moscú en el Transiberiano), esperando a que les arreglaran la susensión trasera de su pequeño Peugeot; y también los que adelantamos en las colinas, los de la frontera uzbeka. Todos ellos se quedaban esta noche en Khovd. Nosotros, aunque ya es tarde, hemos decidido seguir mientras haya luz.

Merceditas junto a los coches de los ingleses

Una hora después, en cuanto hemos tenido la rueda de vuelta y con una cerveza y unas galletas en el cuerpo, nos hemos despedido de todos (también de los del Daewoo sano que acababan de llegar para pedir ayuda) hemos seguido unos 30 km hasta que los faros comenzaban a hacer sombra en los baches del camino.

Estamos cerca del lago Kharus Nuur según el mapa de carreteras. Es un infierno. Jamás en mi vida he visto tantos mosquitos y tan agresivos. Es un ataque constante por lo que apenas hemos comido pan y pisto sin calentar porque es imposible estar más de diez minutos fuera.

Desde el interior de la tienda de campaña se escucha la nube de mosquitos atacando la tela. También escuchamos a Nuria golpeando las paredes del interior de la ambulancia. Está cazando polillas y mosquitos.