Aventura nº...

AVENTURA Nº 2: RUTA DE LOS CABOS 2012

viernes, 16 de septiembre de 2011

DÍA 15: DARVAZA - NUKUS (UZBEKISTÁN)

6 de agosto de 2011

2 países: Turkmenistán - Uzbekistán (acumulados 14)

0 túneles (acumulados 138)

307 km (acumulados 8.544 km)


Los escarabajos peloteros son seres muy laboriosos, pero ni siquiera echando 24 h al día conseguirán vaciar el desierto del Karakum.

Durante toda la noche (por cierto, ¿quién dijo que en el desierto hace frío por la noche?) han estado chocando contra la tienda de campaña en su empeño de empujar pelotas de un sitio a otro. Hasta que por la mañana no he descubierto que se trataba de estos insectos, pensé que el ruido era provocado por algún otro animal mayor merodeando dentro del campamento que hemos montado. Pero no, eran escarabajos que avanzaban y avanzaban sin tener muy claro lo que había delante de ellos. Justo igual que nosotros en nuestro avance por estas tierras hacia nuevos pasos fronterizos.

Con las primeras luces del día, el resto de ralliers (ingleses en su mayoría) han ido recogiendo y largándose aún antes de que nosotros nos quitáramos las legañas (esto ha ocurrido cuando el sol ha asomado detrás de las dunas y se ha terminado la posibilidad de seguir tumbado dentro de la tienda sin asarse. Primero se han largado unos suizos que conducen una ambulancia como nosotros, a continuación los ingleses bisoños que anoche no tenían ni idea de dónde estaban, acompañados de los daneses en la furgoneta afelpada; a continuación los Xino Xano con otros ingleses un poco más preparados, y los últimos en emprender marcha hemos sido nosotros con los Estepa Kide, que llegaron anoche cuando ya estábamos acostados.

Mientras recogíamos se ha acercado un niño, el hijo o nieto (quién puede determinar la edad de estas gentes tan castigadas por la vida en el desierto) de los propietarios de la cabaña y corral junto a los que hemos acampado. El niño se ha limitado a ponerse en cuclillas, en silencio, a mirar lo que hacíamos. Poco a poco, y ante nuestra invitación a ver la ruta y nuestros nombres en la ambulancia, ha acercado tímidamente hasta que se ha ido animando e incluso ha ayudado a recoger la tienda. Se llamaba Hembrá, Jembrá o algo parecido. Le hemos regalado una camiseta, unas gafas de sol y algunos caramelos. Luego, justo antes de irnos nos hemos hecho unas fotos con toda la familia, que estaban preparando unas gachas de aspecto dudoso para desayunar. Detrás de la cabaña, una cabritilla nacida esa misma noche hacía esfuerzos por dar sus primeros pasos entre las moscas que ya empezaban su tarea diaria de no dejar en paz a ningún hijo de vecino. Una familia de apariencia muy humilde en mitad del desierto, en contraste con el derroche que vimos en la capital, a 250 km de allí; aunque el hijo, o sobrino o quien fuera, nos llevó anoche en un todoterreno potente y nuevo hasta el cráter de Darvaza.

El occidental sentado y el turkmeno en cuclillas, tal y como se estila por estos sitios.

Con los Estepa Kide y la familia que nos dejó acampar en "sus tierras"

Los otros 250 km que separan la Puerta del Infierno de Konneürgench y la frontera con Uzbekistán se dividen en dos tramos bien diferenciados. Los primeros 200 km son desierto puro y duro, con la carretera ancha y aceptablemente pavimentada avanzando entre dunas, incluso con algún puente salvando ramblas en lo que parece la mitad de la nada e indicios de obras de mejora de la ruta. Sin embargo, en cuanto nos hemos acercado a las zonas regadas con los canales que secan la cuenca del río Amu Daria (y por tanto matando al mar de Aral), atravesando zonas pobladas y campos en los que se veía maquinaria agrícola, además de los obligados controles policiales y los puestos de venta de agua embotellada y sandías, la carretera se ha convertido en un camino asfaltado en pésimas condiciones y un ancho no mayor a 8 m. El tráfico, que durante toda la noche no ha cesado en mitad del desierto, se ha intensificado a pesar del lamentable estado de la carretera, y poco a poco hemos comenzado a pasar a los equipos que habían salido esta mañana antes que nosotros (a excepción de los suizos, que han madrugado mucho). Aunque llevamos una suspensión muy blanda que nos hace botar mucho, nuestro vehículo es más alto y Nuria se ha animado a ir dejando atrás al resto de utilitarios que se nos ponían por en medio.

En Konneürgench, el pueblo anterior a la frontera, quedan los restos de un conjunto de mezquitas, madrasas y mausoleos que son Patrimonio de la Humanidad. Hemos parado fugazmente a echar unas fotos y descansar (sólo habían turismo local y no conocemos tanto el lugar como para apreciar sus riquezas) y hemos seguido los 20 km que nos separaban de la frontera.



Salir de Turkmenistán es más fácil que entrar, pero más surrealista: los Xino Xano nos han informado de que la frontera estaba cerrada porque era la hora de comer. Poco o nada importaba que hubiera treinta o cuarenta personas apiñadas bajo las sombras de los pocos árboles, casi todas en cuclillas y aguantando pacientemente el calor del mediodía. Hemos comido sandía, invitados por los Estepa Kide, y hemos decidido que iríamos juntos hacia el mar de Aral junto con los vascos, los Xino Xano y los ingleses a los que éstos acompañaban. Apenas 150 km nos separaban de Moynaq, el antiguo puerto pesquero hoy convertido en un cementerio de barcos en mitad del desierto. Muy mal se nos tendría que dar la frontera para no llegar allí esta noche.

No nos fue mal, nos fue peor, sobre todo a los Xino Xano.

Tras algún alboroto entre los pacientes ciudadanos turkmenos y/o uzbekos y los guardias de la frontera (con el mismo uniforme selvático pero cantimploras más grandes que los de la entrada desde Irán), han abierto con cuentagotas, haciendo que los coches pasaran de dos en dos. Hemos entrado en la segunda tanda con los Xino Xano.

La espera, con los Xino Xano y Estepa Kide, comiendo melón de los últimos

Las colas para salir de Turkmenistán

En el vestíbulo del edificio fronterizo algunas personas esperaban sentadas en bancos, otras se apiñaban contra una puerta a la espera de que las dejaran cruzar un arco de detección de metales. Algunos ciudadanos nos han indicado que teníamos que rellenar unos formularios en cirílico que no entendíamos, hasta que nos han dicho que no nos preocupáramos, que saldría un oficial a ayudarnos. Y así ha sido: un oficial del puesto fronterizo ha salido a explicarnos qué poner en cada sitio y luego nos ha colado.

Dentro todo era un despropósito: una multitud de funcionarios y guardias haciendo como que trabajaban, repitiendo lo que ya habían hecho otros, mientras que sus conciudadanos esperaban hacinados en el vestíbulo, sin que diera la impresión que fueran a mover un dedo por agilizar las cosas. Sólo con nosotros han sido aceptablemente diligentes en el absurdo proceso de apuntar lo mismo en diferentes lugares y ventanillas, siempre bajo la atenta vigilancia de los soldaditos que no te dejaban dar un paso más allá de donde tenías que estar. Pero con sus cantimploras tenían poco poder de persuasión contra nuestras risas despreocupadas.

Además, han hecho la pantomima de que de registraban la ambulancia con un perro, pero todo ha sido relativamente rápido.

Y si todo esta era un desatino, el verdadero espectáculo del sinsentido fronterizo ha comenzado al llegar a tierra de nadie (o No man’s land como dicen los ingleses). Hemos visto que la ambulancia suiza que llegó a la salida turkmena antes de la hora de comer seguía en el control de entrada uzbeko, con sus ocupantes sentados a la sombra en sus sillas de camping: Mal rollito…El escarabajo pelotero acaba de ver que su camino va a ser muy lento y complicado.

Así que nos lo tomamos con filosofía y comenzamos a sacar sombrilla, sillas y demás utensilios para hacer la espera más cómoda. Pero Murphy aparece implacable con su Ley y vemos que los suizos emprenden la marcha… ¡Pero hacia donde estamos nosotros!

Preparando campamento en tierra de nadie

Inconcebiblemente, calcularon mal la fecha de entrada a Uzbekistán, siendo tacaños en las horquillas de permanencia en cada país, por lo que su visa no es válida hasta dentro de cuatro días. Y tampoco pueden volver a Turkmenistán, por lo que han de quedarse esos cuatro días en tierra de nadie. Les deseamos suerte y nada que hacer, ahora nos toca a nosotros.

Un soldado con Kalashnikov nos abre la barrera y entramos los cuatro coches (dos ingleses, dos españoles) que en ese momento estamos allí en medio. Salen otros guardias que nos dan los formularios para rellenar y comenzamos a cumplimentar los papeles. Parecía que todo sería rápido porque sale otro tipo a por los formularios y se lleva nuestros pasaportes, evitando así la cola que se está formando con gente que va cruzando, gota a gota, a pie. Pero nuestro gozo es efímero. Salen dos guardias más, además del soldado del Kalashnikov, que va y viene; y pide al primer coche de ingleses que abra el maletero y lo saque todo. ¡Todo!


Atónitos, observamos cómo una vez que está todo fuera, comienzan a registrar uno por uno todos los bultos y compartimentos del coche, incluyendo el de la rueda de repuesto y el gato… En cuclillas, tres guardias, uno de aspecto eslavo y los otros dos centroasiáticos van pasando revista a todo el equipaje y equipo que llevan. A continuación el segundo coche inglés, tras las instrucciones pertinentes para que lo movieran unos metros y así poder depositar las pertenencias a la sombra (nuestra idea inicial de dejarlo todo al sol no podría realizarse). Los Xino Xano y nosotros nos hacemos hipótesis de que se cansarán, que la ambulancia no la vaciarán entera, de que son precauciones que toman con los británicos,…

Nada de eso. Los catalanes también han de vaciar su coche. Y a nosotros nos entran todos los males pensando en la cantidad de cajas y material que llevamos perfectamente embalado. El trabajo que hizo Nuria con su familia la noche anterior a la salida se irá al traste. Y el sol comienza a descender… Nos decimos que hoy pasamos de Moynaq y nos tomaremos la tarde de descanso en Nukus, bebiendo unas cervecitas en alguna terraza. Pero perdemos efectivos porque recibimos un mensaje de los Estepa Kide: su visa de entrada tiene fecha de dos días después, así que se quedan en Turkmenistán recorriendo la zona (poco hay que ver) un par de días. Han tenido suerte y se han dado cuenta, o alguien les ha advertido, a tiempo. El que parece el jefe de los guardias me pide algo malhumorado que apague el móvil. Además, mira hacia la barrera de entrada y ve que se van acumulando coches para entrar, y que por delante tiene nuestra ambulancia. ¿Se atreverá a registrarnos?

Mientras se lo piensa, aparecen los medicamentos… Un farmacéutico amigo de los Xino Xano les dio una caja con medicamentos. Y los guardias los miran todos, uno por uno. Por hacernos los simpáticos y colaboradores, Nuria les dice que es médico y que les puede ayudar explicando qué es cada cosa, y el que está al mando va pidiéndole aclaraciones de vez en cuando. Todo parece que va bien hasta que aparece el valium y los opiáceos. Aunque Nuria les intenta explicar que no es nada del otro mundo y son perfectamente legales, uno de los guardias aparece con un vademécum en el que comienzan a comprobar los principios activos de cada caja. Y no hay tutía. Son sustancias prohibidas y no pueden entrar al país. Tampoco sus portadores. Se plantea la posibilidad de deshacerse de ellas, o de que Nuria haga un papelito como médico recetando esos medicamentos al portador, pero las van desechando. Y llegan más coches, el sol sigue bajando y todos comenzamos a sudar, incluidos los guardias al ver que el trabajo se complica. ¿Qué medicinas llevamos nosotros en la ambulancia? ¿Tendremos el mismo problema? Nuria dice que no, pero vete tú a saber qué tienen prohibido…

Y nos toca el turno… A mover la ambulancia de nuevo hacia la sombra y a sacarlo todo. Ponemos cara de pena y resignación y voluntariosamente vamos vaciando y sacando cajas, paquetes y bolsas. Les invitamos a que suban para que vean ciertas cosas que preferimos no moverlas y poco a poco parece que empieza a ver algo de entendimiento. Alguno nos llama incluso por nuestros nombres para pedirnos que abramos alguna bolsa o algún paquete, un soldadito al que le ha entrado Nuria por los ojos me ayuda a embalar de nuevo alguna cosa (está contento porque se ha llevado de regalo unas gafas de sol); y al final incluso el jefe nos amarra con más efectividad una de las bolsas que va cogida a una de las puertas traseras.

Éste, mientras nos devuelven los pasaportes y Pau termina algún trámite del coche, intenta excusarse diciendo que es su trabajo. Yo le digo que no estamos acostumbrados a estos controles en Europa y me replica que no tenemos como vecinos a Turkmenistán, Afganistán o Kirguizistán. A Pau le dicen que nos larguemos, Nuria intenta hacer una receta para los Xino Xano, que siguen discutiendo su situación; y tenemos una pequeña discusión sobre las prisas y la utilidad de nuestra ayuda. Por unos segundos pienso que el tipo al mando aflojará la mano al ver nuestra preocupación por nuestros compañeros de ruta; y así le explico yo que estamos discutiendo porque lo que está pasando no tiene sentido y esos medicamentos son legales en España y por eso la doctora intenta ayudarles todo lo posible. Finalmente el tipo les dice a los Xino Xano que lo siente mucho, pero que aunque se cree que son buena gente, él tiene que hacer su trabajo y no puede incumplir la Ley sin arriesgarse a ir a la cárcel; así que se quedan a la espera de lo que decida su superior al día siguiente. Yo me pongo en contacto con el Cónsul General Honorario de Uzbekistán en Madrid, por si puede ayudarnos de alguna forma o explicarnos qué hacer o a quién acudir, pero éste está enfermo en cama y me dice que no puede atender a nadie.

Nos vamos con la extraña sensación de impotencia y alivio al mismo tiempo: Hemos pasado pero hemos dejado atrás a varios compañeros de viaje. Tras varios días en los que hemos viajado en compañía de otros locos como nosotros, ahora hemos de separarnos de algunos de ellos en circunstancias desagradables.

Se nos han hecho las siete de la tarde y el sol está muy bajo, por lo que hemos renunciado completamente a la idea de ver el mar de Aral y nos vamos hacia Nukus, la principal ciudad de la región, capital de la República Autónoma de Karakalpakstán. Al igual que en la salida de Konneürgench había ninguna indicación hacia la frontera, en Uzbekistán no vemos señales de ningún tipo hacia la ciudad, que está a unos 25 km. Llegamos a ella gracias a las capturas de Google Earth con nuestra ruta.

Antiguos nodos ferroviarios desmantelados, niños bañándose en los canales, campos agrícolas, mucha gente paseando por las calles, casas pequeñas y humildes, bloques de viviendas destartalados de la época soviética, algún edificio público de tamaño considerable, pequeñas furgonetas-taxi coreanas y el río Amu Daria con un caudal menguado; ése es el recibimiento de Uzbekistán, precedido por el impresionante y silencioso viejo cementerio de Khojaili, que es lo primero que te recibe dedse una ladera cuando entras al país por esta frontera.


Nukus parecía animado, aunque los barrios por los que pasábamos en busca del centro de la ciudad se veían un tanto desalmados con tanta casa igual y bloque desapacible en los que no se veía nada que parecieran hoteles o restaurantes. Una urbanización residencial abierta mal mantenida con poco sector comercial. Hemos tenido que llegar a una rotonda central desde la que se adivinaban edificios de más importancia para preguntar a unos policías. Tras las risas iniciales que se han dado al vernos y tratar de descifrar la fotografía aérea que les he mostrado, un tío de paisano que estaba con ellos nos ha guiado hasta la entrada al hotel Nukus: Un edificio de mediados del siglo XX pero con aparatos de aire acondicionado en las ventanas.

Poli uzbeko

Tras un par de intentos entrando por donde no era (el semisótano del hotel son viviendas a habitaciones con derecho a cocina, en cuya entrada ponía “Hotel”) hemos encontrado la entrada principal. No tenía mala pinta y la muchacha que nos ha atendido, dentro de su sobriedad oriental y su hablar pausado, no nos ha causado mala impresión.

Como no llevábamos dinero local nos ha sugerido que en el mercado negro encontraríamos mejor tipo de cambio que en los bancos (que de todas formas estarían cerrados mañana domingo), hasta que finalmente ella nos ha cambiado algo para cenar, a un tipo de cambio mejor que el de los bancos.

La habitación aceptable a excepción del cuarto de baño, pero después de una noche en el desierto caluroso, la hemos dado por buena, no es peor que algunos de los baños turcos o iraníes que ya hemos visitado.

Lujo asiático...

Ya era de noche cuando hemos salido a cenar, y como parece habitual en estos países, el alumbrado público es inexistente, así que siguiendo las indicaciones de la chica de la recepción y usando el móvil como linterna hemos llegado a una zona de restaurantes. El más grande era un edificio con sala de fiestas, y parecía que había una dentro, donde entraban parejas jóvenes. Finalmente hemos optado por uno más pequeño, con el mismo aspecto oscuro y dudoso que el resto de terrazas con barbacoa fuera que había en la misma acera. La dueña, una armenia que hablaba mucho aunque no se le entendiera nada, nos ha atendido bastante bien (hemos comido kebap, como siempre) y nos ha sacado cerveza fría.

Las primeras cervezas desde Estambul (¿cuándo fue eso?)

Pero no hemos tenido mucho tiempo de relajación porque aunque a mitad de cena ha entrado más gente, y luego un par de policías (aquí van de verde oliva y con un sombrero parecido al de los gendarmes franceses) han echado un vistazo al paisanaje; la última cerveza que queríamos pagar con dólares no ha sido posible porque la dueña nos ha señalado el reloj y ha dicho “militsia”, indicando que la milicia ya no permitía más alegrías.

Al salir a la calle, nos ha tenido que levantar la persiana, todo estaba cerrado y ya no había anda de luz, salvo los faros de algún coche. En la esquina había un grupo de policías y por la acera de enfrente hemos visto a un grupo de gente joven vestida en plan sábado por la noche, pero todo tenía un aspecto sospechoso. Así que hemos vuelto al hotel (alumbrándonos de nuevo con el teléfono móvil) hasta que hemos visto una tiendecilla abierta y hemos podido comprar otra cerveza usando un billete de dólar. Tras una conversación absurda con el dueño y su hijo, nos han regalado (o devuelto en especies en vez de en moneda) un mechero linterna. La verdad es que la poca gente que hemos encontrado hasta ahora es bastante animosa. Lástima haber entrado con tan mal pie en Uzbekistán.

Parada nocturna a por más cerveza

Antes de subir a la habitación nos hemos quedado un rato en uno de los kioscos de la explanada de delante del hotel, terminando la cerveza y repasando el día, a la luz del mechero linterna: dos semanas y un día de viaje.

Última charla del día.

Y a la cama, pero encima de nuestras colchonetas, cualquiera se atreve a abrir esas sábanas...

miércoles, 14 de septiembre de 2011

DÍA 14: BAJGIRAN - DARVAZA (TURKMENISTÁN)

5 de agosto de 2011

2 país: Irán-Turkmenistán (acumulados 13)

0 túneles (acumulados 138)

435 km (acumulados 8.237 km)

Hoy dormimos junto a la Puerta del Infierno...

A veces, una línea en un mapa supone muchos cambios cambios, algunos sutiles, casi imperceptibles, otros evidentísimos.

Hoy hemos pasado de una república islámica heredera de siglos de imperios poderosos e influyentes, más antiguos que la religión que atenaza a su población dinámica y bulliciosa; a una antigua república soviética implantada en un desierto donde antes apenas se había conocido más que el nomadismo y las caravanas de la Ruta de la Seda.

Si Irán nos recibió con los “facilitadores” o “buitres de frontera” olisqueando nuestros dólares frente a la dejadez o resignación de los funcionarios (algunos de ellos incluso eficientes a pesar de la maraña burocrática), Turkmenistán nos ha recibido burocrática y severamente. Pero todo a su tiempo.

La acampada junto al primer control de la salida iraní ha sido tranquila. Sólo rota por el rezo que a eso de las 4 ó las 5 de la mañana nos despertó (a dos voces desde el pueblo, Bajgirán) a algunos de nosotros. Medio dormido en una tienda de campaña junto a tierra de nadie en la frontera entre dos países extraños, parecían cánticos de ultratumba. Además, poco antes del amanecer aparecieron los trinos de los pájaros bajo los aleros de la nave junto a la que habíamos acampado. Unos trinos que sonaban a selva profunda habitada por animales exóticos y quizá peligrosos: paranoias de estar lejos de casa y no escuchar lo que sueles escuchar desde tu ventana (gorriones y tórtolas).

Y bueno, los ronquidos: los tabiques de las tiendas de campaña no se caracterizan por aislamiento acústico. Tras la experiencia en Klenová (¿cuándo fue eso?) Nuria optó por dormir en la ambulancia.

A pesar del revuelo que montamos anoche a la llegada (y que luego más tarde llegaron los ekitcat y Micranois) con recibimiento de niños, cambistas, soldados y vaca, esta mañana no ha habido buitreo. Sólo un cambista con camisa de reflejos fucsia (creo que es la primera vez que escribo el nombre de ese color) nos cambió la moneda iraní que llevábamos por moneda turkmena a un ratio razonable (valga la redundancia) según algunos de los que usaron sus servicios.

Una vez recogido el campamento y aseados, comenzaron los trámites fronterizos. Primero, en la garita que atravesamos anoche hay que hacer un papeleo relacionado con el coche: pagar; y a continuación subimos por la carretera donde está la verdadera frontera, 75 m más arriba, a 1.710 m sobre el nivel del mar.

Hay una cola importante de camiones que debieron haber llegado la tarde anterior pero nosotros los pasamos hasta llegar al moderno edificio que han levantado los iraníes aquí arriba para despedir o recibir al tráfico con Ashgabat. El trámite para los pasajeros es más o menos rápido a pesar de lo absurdo de pasar por tres ventanillas seguidas a: 1) sellarnos la salida del pasaporte, 2) sonreírnos y apuntar unas cosas, y 3)volver a sonreírnos, preguntar de dónde venimos y si nos ha gustado Irán, para volver a hacer otra anotación en una libreta.

Tras el papeleo, siempre bajo la atenta mirada de la panda de ayatolás que desde los pósters donde están inmortalizados controlan el cotarro, nos volvemos fuera a esperar que se tramite el tema de los vehículos: importante porque sin el Carnet de Passage en Duane (CPD) de vuelta a España podemos tener problemas económicos. Así que mientras los conductores van de una cola a otra y esperan a que un funcionario sobrepasado vaya rellenando papeles entre viaje y viaje con montones de pasaportes y cartas y CPD, los demás nos relajamos e incluso hacemos alguna foto cuando los soldados no miran: el paisaje es profundo y las montañas peladas de Kopet-dag o con pastos se multiplican en todas direcciones. Aunque el sol aprieta, el viento fresco de la montaña lo hace llevadero, casi pasan más calor quienes están a la sombra de los edificios pero sufriendo el reflejo blanco de sus paredes.

Se respira cierta relajación en la frontera. Si los buitres de Bazargán, los 478 € del ala y el trasiego de camioneros en sus edificios administrativos nos pusieron tensos, aquí las chicas respiran pensando que están a punto de quitarse el pañuelo de la cabeza, y los demás tenemos como única preocupación que se termine pronto el papeleo. Hay locales que suben y bajan con sus coches haciendo encargos, alguno que hace un apaño en el motor de un funcionario, soldados sin muchas preocupaciones que han subido al puesto fronterizo traídos por algún familiar o amigo que los acerca al trabajo: bastante normalidad.

Pero el lado turkmeno… Es de una tensión y seriedad innecesaria. Tenemos que pasar otras dos casetas, colocadas a cada lado de la valla fronteriza para que vuelvan a mirar nuestros pasaportes, y por fin llegamos a suelo turkmeno y vamos aparcando los coches frente a la puerta principal, siguiendo las indicaciones del guardia de la caseta de entrada, que además se ha quedado nuestros pasaportes. Todo bajo el saludo de bienvenida del presidente del país en un gran póster en la fachada del edificio.

El vestíbulo está vigilado por dos o tres soldaditos vestidos con traje de camuflaje (selvático, ojo, que me han entrado ganas de preguntar por los bosques tropicales del desierto de Karakum) y armados con peligrosas cantimploras al cinto. Son todos iguales, imagino que étnicamente turkmenos puros, morenos, ojos ligeramente rasgados y rostro rectangular. Se dedican a pasear por el vestíbulo, ponerse nerviosos ante la relajada despreocupación con la que sacamos las cámaras de fotos (muy serios marcan una cruz con los brazos para decirnos que no está permitido, pero hemos conseguido sacar algunas instantáneas) y a preguntarnos una y otra vez si hemos entregado el pasaporte en ventanilla: Parece que al igual que a nosotros todos ellos nos parecen iguales, nosotros no debemos ofrecerles muchas diferencias en nuestros rostros a pesar de ser españoles barbudos y morenos (bajitos o altos, eso ya no es determinante), ingleses lechosos o rubicundos, daneses espigados… Los supervisa un joven oficial que parece escapado del instituto, bajo una gorra de plato caricaturesca y aspecto a mitad de camino entre lo eslavo y lo oriental.

En una de las puertas del vestíbulo se accede al banco, que no es más que un cuarto en el que una empleada con cara de bulldog francés (parece que sea la que de verdad corta el bacalao en este circo) mantiene a raya a quien se quiere pasar de listo. Es con esta señora con la que algunos de los aventureros mongoles han de realizar el pago de las tasas de la frontera. Han estado esperando a que entráramos todos los que estábamos en el lado iraní (incluidos los 8 equipos españoles que hemos cruzado Irán, también los Estepa Kide, que han llegado poco después que los demás) para tramitar el pago de todos en una. Un británico con pinta de escocés permanentemente cabreado estuvo discutiendo un rato con un funcionario, diciéndole que no tenía sentido que hubiera que pagar todo junto, hasta que el funcionario le respondió que si iban uno por uno el proceso se iba a alargar todo el día. Resultado: todos a sacar dólares y a hacer cuentas para dar el dinero justo de cada equipo, con la del banco no admitiendo billetes con numeración antigua y no permitiendo que entraran más que los tres “negociadores” a su oficina.

Manu, de los Aventoreros con los dólares de los equipos españoles, detrás los ingleses

Una vez han tenido la pasta, la cosa ha sido más rápida. Nos han ido devolviendo los pasaportes y los pasajeros hemos dado el siguiente paso: que un par de señoras relajadas que estaban hablando de lo suyo nos fueran rellenando a sentimiento la declaración de entrada y otro nos pusiera el sello. Y ya estábamos al otro lado, con libertad de movimientos en Turkmenistán. Mientras esperábamos a los conductores (lo de ellos ha sido una epopeya de funcionario en funcionario que volvía a mirar los mismos papeles –cuando terminaba la partida de ordenador- y con registro somero del coche) hemos visto qué había al otro lado: Más montañas, carretera serpenteante ladera abajo, un par de minibuses para bajar viajeros a la ciudad y más soldaditos Geipermán preocupados por las fotos que pudiéramos sacar de nosotros y las escaleras (¡cuidado con la piedra de los escalones, secreto de estado turkmeno!). Han tenido la consideración de abrir la cantina pero tampoco había mucha variedad. Aquí no hay el movimiento del lado iraní, sólo los soldaditos tensos.

Y poco a poco se ha ido produciendo el goteo de coches que iban saliendo. Nuestro plan, al igual que los Estepa Kide y Xino Xano, hacer alguna compra y comer algo en Ashgabat y seguir camino hacia el pozo de Darvaza; los Aventoreros han dicho que primero irán a un lago subterráneo que hay al este e intentarán llegar a la noche a Darvaza y los ekitcat y Micranois se quedan en la capital con un conocido de Marcos (ekitcat).

En los 40 km que nos separan de Ashgabat descendemos 1.500 m por una carretera con paisajes sobrecogedores, el firme en buen estado pero unas curvas fatales de necesidad, como atestigua el camión de transporte de automóviles volcado fuera de la carretera junto al que se han parado los Xino Xano. Aún le chorreo gasoil del depósito de combustible, pero Patxi (Estepa Kide) calma las intranquilidades de Nuria con respecto a la inflamabilidad de este líquido, del que llevamos dos bidones de 10 l en la ambulancia. Tras inspeccionar el vehículo vemos que no hay nadie y seguimos nuestro camino, pero unos kilómetros más abajo, en un control de carretera en el que vuelven a pedirnoslos pasaportes, nos encontramos con el camionero accidentado, al que alguien acaba de bajar.

Si a mí, como ingeniero de caminos, me hubieran pedido un cálculo rápido para impedir que un puente se viniera abajo, hubiéramos tenido un bonito vídeo de una estructura derrumbándose, seguro. Sin embargo Nuria, actuó con rapidez y procedió a limpiar las heridas del camionero y a hacerle un reconocimiento urgente (un brazo roto además de las magulladuras). Los guardias del control turkmeno alucinaban con nuestra actuación (creo que hasta Eneko pudo tomar alguna foto sin que se dieran cuenta).

A los pocos minutos llegó una ambulancia desde la ciudad, equipada con la típica enfermera turkmena de dientes de oro. Ésta inyectó la antitetánica al pobre hombre, que resistía como podía el antiséptico en los arañazos de la espalda, y a continuación, sin terminar de limpiar las heridas del brazo roto, vendó sin ningún miramiento todo el brazo. No parecía mujer de muchas florituras…. Así que nos fuimos.

A la entrada a Ashgabat hay obras y algo parecido a un desvío, los Xino Xano han tirado hacia el oeste por lo que parecía el único camino, pero la lógica de nuestras obras no es la de las obras de Turkmenistán, así que tras ver que nos estábamos alejando del centro de la ciudad, hemos dado la vuelta sin poder alcanzar a los Xino Xano, que tampoco veían que les estábamos echando las largas.

Nos han seguido los Estepa Kide y unos ingleses y al final en el desvío hemos visto la entrada escondida a la ciudad. ¡Y qué había detrás de esa entrada escondida!

Ashgabat es un gran escenario de mármol blanco y cúpulas doradas. Un paisaje hortero-futurista de grandes edificios con toda la pinta de estar vacíos por dentro y decenas de personas (en su mayoría mujeres con la cabeza completamente cubierta por turbantes) barriendo sus avenidas inmensas y sin sentido. Lo único lógico (para nosotros) han sido las rotondas: bien señalizadas y usadas con la prioridad donde toca.

Hemos avanzado hacia el centro, y poco a poco el erial que rodeaba a los edificios se ha ido rellenando de parques y edificios más antiguos, claramente soviéticos. Un espectáculo de clasificación complicada, al que hemos ido de cabeza al refugiarnos en un centro comercial. En nuestro descargo podemos decir que teníamos prisa para llegar antes de la noche a Darvaza y que en el centro comercial encontraríamos comida y supermercado (dos en uno).

La gran mentira, así se podría calificar a la ciudad y al centro comercial. Éste es un “no lugar” que bien podría estar ubicado en Ohio, en Fuenlabrada o en Ashgabat, y en el que por una hora nos hemos sentido más cerca de casa, lejos de la realidad de un país totalitario, paseando entre compradores despreocupados, ofertas de moda, aire acondicionado, rusas sin miramientos que nada tenían que ver con las oprimidas iraníes, y estantes llenos de todo (menos alcohol, las cervezas habrán de esperar). Además, hemos comido hamburguesas y patatas fritas… Con los Estepa Kide y los Aventoreros (que nos hemos encontrado de nuevo a la entrada del edificio), de los que nos hemos despedido definitivamente porque es posible que no nos alcancen ya que ellos irán más tranquilos el resto del viaje.

Ha sido divertido atravesar Irán con ellos, en compañía de unos compatriotas te sientes más arropado, aunque también es cierto que pierdes el contacto con los locales, que es una de las cosas que hacen los viajes más interesantes.

Tras hacer las compras de comida y bebida, hemos puesto camino hacia el norte, al desierto. La ciudad parecía ahora más transitada por el tráfico, pero aún así sus avenidas están sobredimensionadas.

Desde la salida norte de la ciudad se ven barrios residenciales casi al estilo norteamericano, pero pobremente urbanizados. Dudo que haya tanta gente con nivel adquisitivo para comprar esas casas.

Y el desierto, el de verdad. Teníamos dos horas de luz para recorrer los aproximadamente 250 km que nos separaban de la Puerta del Infierno. Hasta ahora una media como ésa sólo la habíamos alcanzado en Alemania… Afortunadamente la carretera que atraviesa el desierto del Karakum está en bastante mejor estado del que pensaba. Es bastante ancha (entre 20 y 30 m) y el asfaltado está en condiciones aceptables, aunque hay que vigilar de vez en cuando para no comerse alguna zona bacheada.

Poco a poco, los poblados y el tráfico han ido disminuyendo al mismo ritmo que la arena iba adueñándose del paisaje. Y con esto, al menos yo, he vivido unas sensaciones curiosas. Tenemos asociadas la visión de las dunas alrededor nuestro a las playas del Carabassí o Arenales, en las costas de Elche, o incluso El Saler de Valencia; así que en todo momento el cerebro te está diciendo que detrás de la siguiente duna vas a ver la línea azul de horizonte mediterráneo. Pero no, a la siguiente duna como mucho aparecía un dromedario (razón para no conducir de noche, al menos a más de 100 km/h, como hemos hecho) o una chaval en motocicleta que se incorporaba desde algún camino escondido.

A más de 100 km/h por en medio de la nada, con unos 40ºC fuera (bendito aire acondicionado y buen motor de nuestra Merceditas que ha aguantado el tipo sin sobrecalentarse), sólo adelantábamos camiones antiguos y éramos adelantados por coches lujosos en una carretera que por 400 km no atraviesa ninguna zona poblada importante. Aún así, de vez en cuando se veían estaciones del ferrocarril paralelo a la carretera, e indicaciones en esta hacia poblaciones por las que se llega por caminos escondidos. Además de los dromedarios, también hemos visto algún autobús parar en alguna curva inhóspita (como todas) para que se bajara alguien a quien algún niño esperaba en una duna cercana. Imagino que una vez que te haces al paisaje, eres capaz de distinguir un grano de arena de otro para poder llegar a tu pueblo situado en medio de ningún lugar.

Otro encuentro del camino fueron los Xino Xano, parados junto a unos ingleses que habían tenido un calentón. Les explicamos la ubicación del pozo de Darvaza con las capturas de Google Earth que traigo (un par de km antes del cruce con la vía del tren ha de haber un camino a la derecha que conduzca a la Puerta del Infierno) y seguimos carrera contra el sol.

Y se nos hizo de noche cuando llegamos al cruce con las vías del tren. A la derecha se veía el resplandor del cráter, por encima de las dunas, y delante de nosotros unos ingleses también del Rally que no sabían por dónde llegar al pozo. Tras ir arriba y abajo por la carretera, nos encontramos con otros ingleses en el todoterreno de un local que los llevaba a ver el sitio. Nos dijeron que más adelante se podía acampar donde la familia del tipo que los llevaba al pozo, así que seguimos y cuando encontramos los coches de los ingleses aparcamos y montamos nuestro campamento para cenar. Más tarde llegaron los Xino Xano y por fin, con los macarrones a medio cocer, nos fuimos en el todoterreno (10 $ por cabeza) a ver la Puerta del Infierno.


Moverse a toda velocidad por un camino entre las dunas, con el coche bailando en la arena es una experiencia que queda en nada cuando llegas al cráter de gas de Darvaza. 40 años en llamas. Contemplar, escuchar y oler ese espectáculo en mitad de la noche del desierto es algo que ninguna foto o vídeo puede reproducir. Uno de los hitos del camino ha sido cumplido.

DÍA 13: BEHSHARH ‑ BAJGIRAN

4 de agosto de 2011


1 país: Irán (acumulados 12)

3 túneles (acumulados 138)

598 km (acumulados 7.902 km)


Cuarto y último día en Irán. Nos vamos de este país con sensaciones encontradas. Tras el mal humor del incidente de la tarjeta para el gasoil en el paso fronterizo de Bazargan, nos encontramos con Elyar y otros ciudadanos de Tabriz que nos recibieron con curiosidad e interés. Una población joven y dinámica en ciudades populosas, pero también la losa del integrismo y el conservadurismo religioso, que pesa sobre las cabezas de una gran parte de iraníes que sin duda les gustaría o sabrían llevar una vida menos influenciada por los ayatollahs.

Ayer llegamos ya de noche a la ciudad, por lo que no pudimos ver que el paisaje ya no es el del resto de la costa noroeste, donde las montañas dejan una llanuara litoral muy estrecha junto al Caspio, y atrapando la humedad en bosques densos y enmarañados. Poco a poco las montañas se fueron retirando hasta que circulamos por llanuras costeras bastantes más extensas y que poco a poco iban ascendiendo, de forma que Behshahr ya no se encuentra en el vergel que atravesamos ayer, sino en una zona que empieza a ser algo más seca.

Sin embargo, en cuanto nos hemos metido por las montañas que separan la zona litoral del mazizo interior, al este de la región del Golestán, los bosques (de aspecto más seco) han vuelto a aparecer. En pocos kilómetros, por una carretera que aún es de calzada única, hemos ascendido más de mil metros para alejarnos definitivamente del mar Caspio y subir a la zona desértica del interior de Irán. Durante casi todo el día hemos tenido a nuestra izquierda los montes Kopet-Dag, que separan Irán de Turkmenistán.

A la salida de Bojnurd hemos parado a comer bajo unos árboles en un camino lateral de la avenida, en un lugar más o menos discreto para no "ofender" con nuestro picnic a los jodidos pero contentos practicantes del Ramadán.

La gastroenteriris sigue haciendo de las suyas y han sido bastantes las visitas que algunos de los Aventoreros han hecho al baño (por dar un nombre al campo).

Nos quedaban unas dos o tres horas de luz cuando hemos terminado de comer (estamos muy al este), así que en cuanto Nuria ha terminado de medio afeitar a Pachi (con un bisturí) hemos seguido hacia Qüchan, donde había que desviarse hacia el norte, hacia el paso fronterizo de Bajgiran. Intercambiando mensajes con los Xino Xano y ekitcat, hemos sabido que nos encontraríamos con ellos esta noche porque estaban también de camino a la frontera.

Dejando la ciudad de Qüchan es cuando ha comenzado a atardecer. Íbamos con prisa para intentar llegar antes de que cerraran la frontera, y subiendo hacia el borde veíamos que bajaban bastantes camiones, así que contemplábamos la posibilidad de poder salir esta noche de Irán y acampar en tierra de nadie (porque lo de Turkmenistán parece que será un proceso bastante largo y además cierran por la noche).

Nos hemos encontrado con unos ingleses del Rally que estaban echando unas fotos, y las informaciones de unos y otros eran contradictorias sobre los horarios de las fronteras. Al final se nos ha hecho de noche cuando hemos llegado a Bajgiran, y nos hemos convertido por un instante en la atracción de la calle que termina en la verja de salida del pueblo hacia la zona de aduanas: Niños, cambistas, una vaca y un soldado han salido a recibirnos.

Al final, y tras varios dimes y diretes con el oficial que había al otro lado de la verja (donde ya estaban los Xino Xano y los italianos de la ambulancia que nos encontramos en Estambul) nos ha dejado acampar allí mismo (las otras opciones eran hotel o la campa para los camiones a la entrada del pueblo) casi bajo su garita.


Nos ha dicho que a las 10 de la noche teníamos que estar todos durmiendo y a las 7 de la mañana el campamento levantado, así que hemos hecho una cena rápida, yo me he dado un baño (teníamos una manguera con agua a nuestra disposición) y a montar todas las tiendas. Hoy dormimos casi en tierra de nadie a 1.635 m de altitud.


Los Xino Xano se quedarán durmiendo al raso, haciendo tiempo hasta que aparezcan los ekitcat, si los dejan pasar.

martes, 13 de septiembre de 2011

DÍA 12: HASHTPAR ‑ BEHSHAHR

3 de agosto de 2011


1 paÍs: Irán (acumulados 12)

0 túneles (acumulados 135)

571 km (acumulados 7.304 km)


Menos mal que había aire acondicionado en el hotel (en los turcos, a excepción de Estambul, no había) porque el calor y la humedad de esta zona son importantes.

El chaval de la recepción que anoche me enseñó las habitaciones para convencerme de que eran buenas y tenían aire acondicionado (debería haberme fijado en la dureza de las camas y que no suelen limpiar demasiado, sino que trasladan la suciedad de un sitio a otro) seguía esta mañana en la recepción, como viene siendo costumbre.

Después de tantos días diciéndonos que no debíamos probar verduras crudas a lo largo de los Balcanes y de Turquía, cuando por fin llevamos dos o tres jornadas sin probar ensaladas y llevando algo más de cuidado con la alimentación, Nuria ha pillado gastroenteritis. La doctora es la primera que ha caído. Algunos Aventoreros también andan flojos.

Nada más salir hemos estado buscando gasolinera y por fin hemos rellenado nuestros pequeños bidones para el gasoil y los hemos fijado con precinto en el único sitio que nos queda libre: en el escalón del portón lateral. Nuria no estaba muy convencida de que lleváramos el gasoil ahí dentro, pero le hemos dado unas cuantas vueltas al precinto y nos hemos asegurado de que no se caería.

Hemos avanzado hacia el sureste y la primera parada ha sido en Bandar-e Anzali, donde tras dar varias vueltas hemos parado junto al puerto donde los Aventoreros han vuelto a sacar dinero en un banco. Allí, con los coches aparcados en un sitio donde parecía que había que aparcar, un viejo desdentado, especie de vigilante del lugar, no paraba de darme la lata. Yo pensaba que quería que pagara y yo le decía todo el rato que nos íbamos ya, que sí, que ahora íbamos… Tras varias idas y venidas, al final el tipo me ha traído papelitos de publicidad de un restaurante. Fíjate.

Hasta la hora de comer, lidiando con los conductores iraníes y el tráfico avasallante de la carretera de la costa del Caspio (incluyendo librarnos por unos pocos metros de un accidente en un semáforo –el golpe se lo llevaron los coches de la fila de al lado-) hemos parado un par de veces por necesidades de ir al baño. La gastroenteritis empieza a ser compañera del viaje.

Hemos parado a comer en una playa. Y ha sido una cosa extraña el tema de todo por lo que hay que pagar.

Primero había que pagar por entrar con los coches por el camino que iba a la playa, hasta que ha llegado un tío que le ha dicho al de los tickets que nos dejara pasar. La playa estaba dividida en dos trozos por una valla cubierta con una tela. En la parte que estaba abierta, al lado contrario de la valla, había una especie de bar-restaurante con malecón metiéndose en el mar, pero cerrado; imaginamos que por el Ramadán. Así que nos hemos puesto debajo de uno de las estructuras con toldos que había en la playa abierta y hemos comenzado a montar nuestro chiringuito para comer.

Algunos Aventoreros se han metido al agua, que estaba calentísima, e inmediatamente han llegado algunos tipos desde el restaurante a gritar que salieran. Creo que la playa era privada, y la parte pública era la que estaba detrás de la valla, porque luego ha llegado otro a pedirnos dinero por estar en los toldos. Tras la discusión y el decir que no pagábamos, hemos comenzado a desmontar mesas, sillas y el hornillo del camping gas para irnos. Nosotros habíamos comido algo de pan, atún y tomate antes de que llegaran los cobradores, pero los Aventoreros han tenido que malcomer las latas sin calentarse la comida, detrás de los toldos, y hemos seguido viaje hacia el este.


En Mahmoud Abad, al noreste de Teherán, hemos dejado la costa y hemos avanzado por la llanura litoral hacia Amol y Babol (sí, se merecen chistes malos), entre campos de cultivos y arrozales, un paisaje parecido al de la huerta de Valencia y con un tráfico infernal en las ciudades.

El sol comenzaba a bajar, y las grandes ciudades que hemos atravesado, o no tenían circunvalación, o nos la pasábamos por estar mal indicadas. Así que hemos cruzado ciudades en la hora punta de rotura del ayuno, cuando todo el mundo sale a la calle a hacer las compras para la cena y a tomar el primer té. Otra cosa no, pero animación y bullicio no les falta a las ciudades iraníes.


Al final se nos ha vuelto a hacer de noche para llegar al destino planeado para hoy, Behshahr. En la avenida principal que cruza la ciudad hemos encontrado un hotel de aspecto aceptable (baños limpios aunque sin taza y paredes con un extraño papel impermeable queriendo reproducir paisajes evocadores) y aún no era mala hora para darse una ducha y salir a dar un paseo en búsqueda de un sitio para cenar.,Pero el trámite de regatear por el precio de las habitaciones más la incapacidad del recepcionista por entender, o querer entender cuántas habitaciones de cada tipo queríamos ha alargado el proceso lo indecible, incluyendo el circo de subir y bajar escaleras de habitación en habitación con los empleados del hotel intentando colocarnos en una distribución que no era la que habíamos acordado.


Tuvieron que llamar al gerente para aclararlo con él y al final todo llegó a buen puerto, pero ya nos quedamos a cenar en el restaurante del hotel, donde el gerente y el cocinero me invitaron a que entrara a la cocina a ver qué tenían para hacer luego el pedido: Todo pinchos de pollo o cordero y congelados. Así que hoy hemos cenado lo mismo de ayer. Bueno, algunos sólo arroz gracias a la gastroenteritis. (quizá el yogur que nos sirvieron anoche no sentó bien a todos). La mujer del gerente llegó a interpretar de los gestos de acariciarse la barriga con mala cara que los que sólo pedían arroz decían que estaban gordos y por eso no tomaban carne…


Hoy ha sido mi cumpleaños y hemos brindado con cerveza sin alcohol y sabor a limón.


Con la humedad que hay aquí, ya veremos si el aire acondicionado es capaz de secar la ropa que acabamos de lavar en el baño antes de irnos a la cama.


Nuria aparece por nuestra habitación antes de dormir y nos dice que se ha intoxicado con algo. Tiene la piel del estómago irritada.

lunes, 12 de septiembre de 2011

DÍA 11: TABRIZ ‑ HASHTPAR (también Talesh)

2 de agosto de 2011

1 país: Irán (acumulados 12)

1 túnel (acumulados 135)

416 km (acumulados 6.727 km)


Esta ha sido la primera noche que acampamos nosotros tres solos Y ha sido en un parque de una de las mayores ciudades iraníes, junto a otros ciudadanos que están allí de vacaciones o celebrando el comienzo del Ramadán. Como ventaja: era gratis, como desventaja, hemos dormido poco porque gran parte de la noche hubo una familia cerca de nuestra tienda, una familia con niña pequeña que no dio de hablar y de acercarse a nuestra tienda durante toda la noche.

Además, a las cuatro de la mañana llegaron a mi móvil dos mensajes de los Aventoreros diciendo que llegaban con retraso y que ya estaban acampados (las comunicaciones aquí no funcionan muy bien). Resulta que sí hay una zona del camping que es de pago, donde tienen sus propias tiendas grandes con camas en las que dormir. Ellos pasaron la noche allí. A pesar de las precauciones que hemos tomado Pau y yo con los pantalones largos, Pachi aparece con pantalones cortos dispuesto a desmontar junto con Enrique algunas de las piezas de los motores de sus coches.

Mientras nos saludamos y les comentamos el plan de ir al Bazar junto con Elyar, aparece éste, y además un profesor de inglés se pone a hablar conmigo al verme junto a la ambulancia, interesándose por nuestro viaje. Me desaconseja que pasemos por Teherán porque el tráfico nos haría perder mucho tiempo y además es una ciudad muy contaminada. No sé si llega a ofrecernos sus servicios como guía turístico por la costa (insiste en que bajemos a la costa desde Tabriz), pero le agradezco sus indicaciones y le digo que somos mucha gente y ya tenemos plan para hoy.

Hacemos entrega a nuestro guía Elyar de una camiseta del equipo

Camino del bazar con Elyar, somos la atracción del autobús (baratísimo) y todos los pasajeros se interesan por el grupo de 9 extranjeros que van junto a un adolescente iraní. La única pega es que hombres y mujeres van en zonas separadas y a Nuria le toca ir detrás (allí entabla conversación con una chica -es la madre de ella quien le dice a la hija que dé conversación a la extranjera- que le da unos bombones y le cuenta que le gustaría irse del país).

Elyar quiere enseñarnos varios museos de la ciudad, no sólo el bazar, pero lamentablemente no hay tiempo para tanto y hemos de conformarnos con una visita al mercado, en el que Elyar dice que cualquier cosa que busquemos la podremos encontrar allí. Hace mucho calor y finalmente no podemos evitar comprar unas botellas de agua, lo que hace que demos aún más espectáculo al beber agua por la calle. Hay quien nos mira mal, pero también veo a chicas que llevan zumos en break y de vez en cuando le dan un trago. Pero estamos pasando mucho calor mientras algunos de los Aventoreros han ido con Elyar a cambiar dinero y somos un grupo muy grande que llama mucho la atención.

A la vuelta hacia el camping, en el autobús, a Elyar le da un mareo y, aunque al principio se había mostrado incómodo al ver que en el parque algunos de los españoles llevaban pantalones cortos; finalmente cae y pide agua antes de medio caerse. Montamos otro espectáculo al tumbarlo en el suelo y levantarle los pies, remojándole la nuca. No nos acompaña hasta el camping y se desvía antes para ir a su casa. El pobre se habrá llevado una sensación extraña de nosotros al on aceptar completamente su hospitalidad y ser un tanto "escandalosos".

Tras discutir la ruta, decidimos que nos vamos directamente hacia la costa en lugar de ir a Teherán. Nosotros recorreremos toda la ribera sur del Caspio mientras que los Aventoreros están pensándose recorrer sólo una parte para luego desviarse hacia las montañas.

Los paisajes son alucinantes, zonas desiertas, cañones profundos y tortuosos y finalmente un puerto en el que se corona en un túnel para salir a la vertiente norte de los montes, encarada a los vientos húmedos del Caspio. Una gran bajada con decenas de curvas en un paisaje verde, selvático como en la costa del mar Negro, se presenta ante nosotros.

La bajada al mar es como una atracción de feria, con camiones medio parados para arriba y abajo, y cientos de conductores iraníes haciendo el loco adelantando por todas partes. Pues donde fueres haz lo que vieres, y comenzamos a bajar como los locales, adelantando en cuanto hubiera algo de visibilidad independientemente de la línea continua o discontinua. Hasta que un policía para a uno de los Clío de los Aventoreros. El hombre les pide 50 $, ellos le dicen que no tienen, que están haciendo un viaje benéfico, caridad; éste les responde que para caridad la que podrían tener ellos con sus hijos. Finalmente lo rebajan a 10 $, pero ellos tienen billetes de 20, por lo que el policía les devuelve el cambio... Soborno honrado.


Cuando llegamos a la costa hemos de atravesar alguna ciudad importante, con tráfico caótico, por lo que se termina por hacer de noche, pero seguimos hasta la ciduad que nos habíamos fijado como destino, un tanto peligroso porque los iraníes tardan mucho en encender las luces al llegar la oscuridad y siguen conduciendo con la misma temeridad.

Encontramos un hotel junto a la carretera en la ciudad a la que queríamos llegar, y aunque parecía limpio, realmente desde la época del Shá nadie había limpiado de verdad esas habitaciones. Estaba al nivel, o peor, del hotel de Merzifon en Turquía; los baños daban miedo (algunos tenían una especie de taza de retrete portátil para poner encima del agujero) y las camas estaba durísimas: preferimos poner nuestros sacos encima. Al menos Manu, el negociador oficial de los Aventoreros ha conseguido un precio un tanto más barato.


Como es tarde, nos vamos directamente a cenar (con la ambulancia llena de aventoreros) y encontramos un restaurante que parece limpio desde fuera. Efectivamente, sólo lo parece. Pero nos da igual, así que kebap de cordero y arroz para algunos, y pescado para otros. Antonio, uno de los Avetoreros parece que ha ligado con uno de los camareros del restaurante, que no para de enseñarle fotos de chicas en su móvil.

Tras la cena, algunos de los aventoreros se van hacia el centro de la ciudad en busca de un local con internet, los demás volvemos a ducharnos y a dormir. Nuria dice que empieza a sentirse mal.

DÍA 10: DOGUBEYAZIT ‑ TABRIZ (IRÁN)

1 de agosto de 2001
2 paises: Turquía, Irán (acumulados 12)
0 túneles (acumulados 134)
332 km (acumulados 6.311 km)


No hemos entrado con el mejor pie a Irán.

La carretera que conducía a la frontera desde Dogubeyazit, bajo la mirada del monte Ararat, estaba desierta como si presagiara algo malo, y se veía algún helicóptero en el cielo: una frontera bastante militarizada (ayer ya adelantamos a algunos transportes de carros de combate y obuses) y pasamos junto a puestos militares. Al fin y al cabo se trata de una frontera entre un país de la OTAN y un miembro del "Eje del Mal", ubicada en el Kurdistán, un pueblo sin patria ni estado.
Nuria con el pañuelo cubriéndole el pelo y nosotros con pantalones largos, dentro de una ambulancia en un territorio de aspecto hostil y desolado (al menos ésa era la sensación que transmitía)
Cuando nos acercábamos a la frontera, nos hemos sorprendido con una fila kilométrica de camiones esperando a entrar a Irán (todos los que estuvieron pasando durante la noche para coger sitio). Así que temimos por un momento que estuviera cerrada por el tema del Ramadán, que ha comenzado hoy mismo, pero cuando llegamos vimos que no había ningún turismo frente a la verja y un tipo nos indicó por dónde debíamos pasar. Era uno de los buitres fronterizos que quería cambiarnos dinero, bueno, realmente quería engañarnos diciendo que al otro lado no podríamos cambiar, y ofreciendo un tipo de cambio de "tócame las pelotas". Tras una llamada a los Xino Xano en la que nos recomiendan que no hagamos caso a nadie y sigamos nuestro camino, hacemos eso mismo, aunque el tipo que salió de una caseta y que pensamos que era un trabajador oficial de la aduana se vino con nosotros y nos indicó los pasos que debíamos hacer en la salida de Turquía. Pero no era trabajador, era buitre que quería luego su dinero por los servicios prestados. Le dimos unos 5 €, y pidió 10. Fuimos tontos y se lo dimos para que nos dejara tranquilos.
En la entrada a Irán ya había guardias con uniformes militares que nos abrieron la verja completamente cerrada que separa ambos países. Los trámites eran más o menos sencillos siguiendo las indicaciones de unos y otros, sonriendo a los policías cachondos que hacían bromas sobre terroristas con nuestro pasaporte en la mano e intentando explicar al guardia joven que quería registrar la ambulancia que todo lo que llevamos es material médico y escolar para los niños. El tipo sonrió y puso cara de "no seré yo quien se ponga ahora a abrir todo esto, qué pereza".
Todo bien hasta el momento del Carnet de Passage, en el que salen los funcionarios de turno a comprobar el número de bastidor del coche: una mujer con su velo y pinta de mandar, y un tipo con bolsito y camiseta azul que es el que habla. Todo en orden y se sube con nosotros. Y aquí empieza el buitreo: nos pregunta si tenemos camisetas y nos dice que por el tema del gasóil hay que pagar unos 600 €. Le digo que eso no puede ser: que vamos a hacer 2.000 km, que necesitamos 220 litros y que no tiene sentido que el combustible nos salga a casi 3 €/l.
Tras dimes y diretes con este buitre y un funcionario que estaba abajo en una caseta y que tenía que darnos un papel además de devolvernos el pasaporte de Pau, el precio baja a 250 – 300 €. En algún foro de internet había leído que esto no era necesario, así que me marco el farol de hacer como que llamo a alguien para que me asesore. Les decimos que no queremos saber nada de ellos y entonces el tipo de la camiseta azul se va (con dos camisetas, las mías sudadas) y nos quedamos con el funcionario, que nos dice que hasta que no le traigamos un papelito que hay que conseguir en un edificio que hemos dejado atrás, no nos devuelve el pasaporte.
Tuvimos que dar varias vueltas y meternos en varios despachos hasta que un funcionario joven se vino con nosotros y nos hizo el trámite: tuvimos que pagar 478 € en el banco para que nos dieran el papelito y una tarjeta de 500 l de combustible. A menos de 1 € el litro pero mucho más caro de lo que es realmente el combustible, además de que no necesitamos tantos litros de gasóil. Les mandamos un mensaje a los Aventoreros (unos 200 km detrás nuestro) diciéndoles que tenemos tarjeta para ellos, a ver si así amortizamos el gasto.
Y volvemos a por el pasaporte de Pau. Allí otro buitre se escandaliza por lo que hemos tenido que pagar nos pide perdón por las leyes de su país, pero es lo que hay. Nos pregunta si tenemos seguro, Pau dice que Irán no viene en la carta verde del seguro, así que el tío, tras hablar con el guardia de la garita de salida para que nos abra (éste pone cara de "anda, pasad pobreticos míos"), nos lleva a una agencia de seguros, donde tramitamos el mismo por unos 50 $ con enfado mío y gritos en plan farol por el cambio que nos quiere aplicar el buitre que nos ha llevado hasta allí, haciéndole las cuentas de lo que nos debería devolver en su moneda según lo que he visto hace unas horas en internet. El chaval de la agencia de seguros le dice algo que parece ser "Tío, que te han pillado, no abuses". Así que pagamos seguro y nos vamos, con la única ganancia para este tercer buitre fronterizo del tipo de cambio que nos haya aplicado en la devolución del dinero del seguro, bastante menos abusivo que lo que nos quería aplicar en un principio.
Y ya estamos solos en Irán, en un pueblo bastante más populoso que la aldea que había en el lado turco y con bajón importante por la sensación evidente de haber sido engañados y robados. Siguiente paso: cambiar dinero. En el primer banco dicen que no, en el segundo, donde hay un letrero de "Exchange", tras pensárselo, el cajero (un tipo fuerte entre castaño y rubio con aspecto de "tengo ganas de irme ya a mi casa") ha cogido los dólareas y se ha ido fuera. Al rato volvió con un taco gigantesco de billetes que nos dio sin más, entonces otro cajero enjuto, calvo con bigote y gafas (como nos podríamos encontrar en España) le ha dicho algo y el otro nos ha cogido de nuevo el taco de billetes para darnos la misma cantidad en billetes más grandes: en total unos 4 millones y medio de riales por 300 $.
Teníamos pensado esperar a los Aventoreros mientras comíamos en Maku, la siguiente ciudad, pero parecía desierta y alguien nos dijo que estaba todo cerrado por el Ramadán, así que continuamos camino hacia Tabriz y nos paramos a comer en algún sitio junto a la carretera: Atún con tomate dentro de la ambulancia, con el motor en marcha para tener aire acondicionado (qué calorazo teníamos) y Nuria liberada por unos minutos del pañuelo.
El paisaje se alterna entre zonas desoladas, secas y casi desérticas, y vegas de ríos, verdes y con actividad agrícola. Casi todos los granjeros tienen unas furgonetillas pick up azules en las que cargan de todo y de cualquier forma.
Camino de Tabriz recibimos llamada de Álvaro de Aventoreros: están en la frontera y tienen pensado dormir en un camping en Tabriz. Nos dan el nombre y decidimos hacer camino para esperarlos allí: Camping Elgoli, en el parque Elgoli, al sur de Tabriz. En Tabriz cogimos la ronda sur buscando alguna indicación hacia Elgoli Park. Paramos y preguntamos a un taxista que más o menos nos indicó qué camino e indicaciones debíamos saguir en la ronda de Tabriz. Tras un par de enlaces, encontramos una indicación al parque y finalmente un aparcamiento desde el que se ve gente con tiendas de campaña en el parque.
Montamos la tienda (un hombre mayor pasó y me preguntó si necesitábamos alguna cosa o si nos podía ofrecer ayuda) y nos damos un paseo por el parque rodeando el estanque, como el del Retiro de Madrid. Realmente, si no hubiera sido por el velo de las mujeres y el cansino que recitaba el Corán por unos altavoces, podía haber sido como cualquier parque de cualquier otra ciudad en España, con sus parejas jóvenes cogidas de la mano, ancianos al fresco, chicas y chicos pelando la pava, familias con niños montando en las barquitas del estanque... Precisamente en estas barquitas se montaron Pau y Nuria, y mientras yo les observaba y les gritaba algo, se me acercó un niño preguntándome que si era extranjero y de dónde era. Un chavalín de 15 años que preguntó un par de cosas y a continuación hizo una llamada telefónica desde su móvil: Era a su madre para preguntarle si podía invitarnos a cenar a casa. Me dejó a cuadros. Declinamos la invitación, en parte porque Nuria no se fiaba y porque estábamos esperando noticias de los Aventoreros, que deberían estar a punto de llegar. Pero le decimos a Elyar que si quiere, el día siguiente puede guiarnos al Gran Bazar de Tabriz (Patrimonio de la Humanidad) y decirnos dónde cenar ahora mientras esperamos a los Aventoreros.

Nos llevó a un sitio barato cerca del parque y él se fue a su casa. Nosotros cenamos kebap con arroz y nos fuimos a dormir, previo aseo deficiente en los malolientes cuartos de baño del parque (los intentos de un hombre con edad de estar jubilado para mantener aquello medianamente limpio, no daba para mucho).
Sin noticias de los Aventoreros.

lunes, 22 de agosto de 2011

ESTAMOS DE VUELTA

29 días de viaje y 14.866 km después, llegamos a Ulán Bator. Fue el viernes 19 de agosto por la tarde.

Tuvimos tiempo el sábado por la mañana de hacer entrega del material escolar y médico que llevábamos para el Blue Sky Ger Village de la fundación de Christina Noble (una especie de "Ciudad de los Muchachos" donde recuperan a niños de la calle); y el domingo la odisea de saltar de avión en avión, improvisando en Berlín y no sabemos si con nuestro equipaje en Palma de Mallorca, para volver a casa.

Pero lo contaremos en breve con más detalle, en cuanto hayamos actualizado el resto de etapas.

Mientras tanto, muchas gracias a todos por vuestro apoyo y vuestros ánimos (¡¡contaremos más cosas durante esta semana!!).